El día que cobró su sueldo, mi prometido me pidió que comprara salmón caro para cenar, aunque llevaba dos meses sin darme dinero. “Tú querías ahorrar viviendo juntos. Mi sueldo está con mamá y el tuyo alcanza para comer”, me dijo. En lugar de comprarle pescado, preparé un solo plato. Esa noche descubrí por qué su madre necesitaba tanto aquel dinero.

  • —¡Me estás dando un ultimátum!
  • —Te estoy dando una oportunidad para demostrar que realmente quieres construir algo conmigo.
  • Durante las siguientes tres semanas casi no hablamos.
  • Dejé de preparar comida para dos. Desayunaba avena, comía en el trabajo y por las noches preparaba algo sencillo.
  • Daniel descubrió que el refrigerador no se llenaba por arte de magia.
  • Una tarde compró jamón y queso, pero los escondió detrás de unas botellas para que yo no los tocara.
  • Aquello terminó de abrirme los ojos.
  • Llegó el jueves de pago.
  • Al mediodía recibí un mensaje suyo:
  • “Mi amor, hoy depositan. Vamos a celebrar. Compra unos buenos filetes de salmón, de esos caros. Prepáralos con mantequilla y limón. Te amo”.
  • Revisé mi aplicación bancaria.
  • Ni una transferencia.
  • Salí del trabajo y fui al mercado.
  • No compré salmón.
  • Compré un corte grueso de res, papas cambray y verduras frescas. Era un gusto que llevaba meses negándome.
  • Esa noche preparé una cena deliciosa.
  • Pero solamente puse un plato.
  • Cuando Daniel llegó, el aroma de la carne lo recibió desde la entrada.
  • —¡Qué rico huele, amor! ¿Dónde está mi salmón?
  • Entró sonriendo y se quedó inmóvil al verme cenando sola.
  • —¿Y mi comida?
  • —En el supermercado, donde la dejaste.
  • —¡Te pedí que compraras pescado!
  • —Y yo te pedí que aportaras dinero. ¿Dónde está tu sueldo?
  • Su expresión cambió.
  • —Lo deposité otra vez en la cuenta de mi mamá.
  • Dejé los cubiertos.
  • —Entonces recoge tus cosas.
  • Daniel empezó a tartamudear.
  • —Espera, Mariana. No entiendes. Mi mamá está haciendo una inversión con ese dinero.
  • —¿Qué inversión?
  • —Está remodelando una habitación para rentársela a estudiantes. Cuando empiece a cobrar renta, nos devolverá todo con ganancias.
  • Lo observé fijamente.
  • Graciela no soportaba que las visitas movieran los adornos de su sala. ¿Iba a aceptar estudiantes viviendo dentro de su casa?
  • Entonces recordé algo.
  • La tarde anterior había visto unas fotografías nuevas en su Facebook.
  • Saqué mi teléfono, abrí su perfil y encontré la publicación.
  • Graciela aparecía abrazando a Duque. A su lado, sobre un cojín de terciopelo, estaba una cachorrita de raza, color chocolate.
  • Leí la descripción.
  • “Bienvenida a la familia, nuestra pequeña Duquesa Canela. Un sueño carísimo, pero vale cada centavo. ¡Próxima campeona!”
  • Había además un comentario de una criadora felicitándola por aquella adquisición exclusiva.
  • Sentí que todas las piezas encajaban.
  • Le mostré la pantalla a Daniel.
  • —Tu mamá no compró materiales para remodelar. Compró otro perro.
  • Daniel palideció.
  • Y cuando marqué el número de Graciela, activé el altavoz y le hice una pregunta que estaba a punto de destruir todas sus mentiras.
  • PARTE 3
  • Graciela contestó después del quinto tono.
  • —¿Bueno? Mariana, ¿qué pasó? ¿Por qué me llamas tan noche? ¿Daniel está contigo?
  • Detrás de su voz se escuchaban ladridos.
  • —Buenas noches, señora Graciela. Daniel está aquí, escuchando. Queríamos preguntarle cómo va la remodelación de la habitación que piensa rentar.
  • Hubo un silencio incómodo.
  • —Ah, pues… vamos avanzando. Todavía faltan algunas cosas.
  • —¿Ya compró la pintura?
  • —Estoy comparando precios.
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