Después de que cancelé los depósitos, Valeria le había confesado que durante más de un año había utilizado parte de mi ayuda para pagar sus tarjetas y las mensualidades de una camioneta que había comprado.
No había registros suficientes para establecer cuánto dinero se destinó realmente a Camila.
Me quedé observando a mi hijo.
Era el mismo niño al que había enseñado a andar en bicicleta.
El mismo al que había llevado al hospital con fiebre a medianoche.
Y también era el hombre que había decidido mentirme para disponer de mis ahorros.
—Daniel, voy a decirte algo y necesito que lo entiendas.
Levantó la mirada.
—Te quiero.
Siempre voy a quererte.
Pero eso no significa que tenga que aceptar lo que hiciste.
—Lo sé, mamá.
—No.
Creo que apenas estás empezando a entenderlo.
Le expliqué que la licenciada Jimena estaba revisando los documentos y que yo exigiría la devolución del dinero.
—No estoy pidiendo que me regales nada —añadí—.
Estoy pidiendo que me regreses lo que era mío.
—Voy a pagártelo.
—Esta vez no quiero promesas de palabra.
Daniel asintió.
Los siguientes días fueron difíciles.
Valeria me llamó varias veces.
No contesté hasta que me sentí preparada.
—Señora Teresa, mi papá está intentando destruir mi matrimonio —dijo apenas respondí.
—Tu matrimonio es asunto tuyo y de Daniel.
Mi dinero es asunto mío.
—Él quiere hacerme quedar como una ladrona.
—Yo no he dicho eso, Valeria.
Pero sé que utilizaste parte de mis depósitos para pagar gastos personales.
Guardó silencio.
—Estábamos pasando por una situación complicada.
—Entonces debieron decírmelo.
—Usted no entiende lo difícil que es mantener una familia.
Miré alrededor de mi cocina.
Recordé los años trabajando horas extras, preparando comida para llevar y remendando los uniformes escolares de Daniel para no comprar otros.
—Crié sola a mi hijo durante años.
Sé perfectamente cuánto cuesta mantener una familia.
Valeria no respondió.
—Pero nunca le exigí a nadie que me mantuviera mientras lo trataba como si no mereciera sentarse a mi mesa.
Colgué.
Durante las semanas siguientes, mi abogada verificó la documentación disponible y ayudó a preparar un convenio de reconocimiento de adeudo.
Daniel reconoció por escrito que me debía los 192,600 pesos de la inversión y aceptó un calendario de pagos mensuales.
El acuerdo fue formalizado ante notario para darle mayor certeza.
Yo no exigí la devolución de los depósitos entregados como ayuda familiar porque, aunque me doliera el uso que les habían dado, sabía que los había realizado voluntariamente.
Pero tampoco volví a enviarlos.
Los planes telefónicos pasaron a nombre de Daniel y Valeria.
El seguro de su automóvil quedó bajo su responsabilidad cuando terminó la cobertura anterior.
Y mi nueva cerradura permaneció exactamente donde estaba.
Con el dinero que dejé de gastar, contraté a un plomero para reparar una fuga que llevaba meses posponiendo y empecé a guardar una cantidad fija para hacer un viaje que siempre había querido.
Por primera vez en años, mi jubilación dejó de sentirse como una cuenta de la que todos podían retirar menos yo.
Sin embargo, había algo que me preocupaba mucho más que las finanzas.
Camila.
Mi nieta no tenía culpa de lo ocurrido.
