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—Mamá…
Me giré tan rápido que casi tropecé.
—Aquí estoy, mi amor.
Su voz era apenas un susurro.
—Agua…
Tuve que esperar a que el personal comprobara que podía tragar de manera segura antes de ofrecerle líquidos.
Mientras tanto, una enfermera le humedeció los labios.
Aquella palabra tan pequeña me pareció el sonido más hermoso del mundo.
Sin embargo, despertar no significó recuperar inmediatamente la vida que Sofía conocía.
Tenía debilidad en un lado del cuerpo, problemas para concentrarse y dificultades para recordar algunas cosas.
Un equipo de rehabilitación comenzó a trabajar con ella.
Había días en los que lograba sentarse durante varios minutos.
Otros días necesitaba descansar después de realizar un movimiento sencillo.
Una tarde intentó sostener un vaso de plástico.
Se le escapó de los dedos.
El agua cayó sobre la mesa.
Sofía miró su mano y empezó a llorar.
—Antes podía hacerlo, mamá.
Me senté a su lado.
—Lo sé, mi cielo.
—Ahora no puedo.
Le acaricié el cabello.
—Todavía no. Pero podemos seguir practicando.
No le prometí que todo volvería a ser exactamente como antes.
Le prometí algo que sí podía cumplir.
—No vas a enfrentar esto sola.
Semanas después, Ricardo pidió verla.
Llegó sin Natalia.
Parecía haber envejecido varios años.
Los terapeutas autorizaron una visita breve para evitar que Sofía se cansara.
Cuando Ricardo entró, nuestra hija lo reconoció.
—Papá…
Él se llevó una mano al rostro.
—Hola, chaparrita.
Se sentó junto a ella y comenzó a llorar.
Sofía lo observó.
—¿Por qué lloras?
—Porque pensé que nunca volvería a escuchar tu voz.
Ella extendió lentamente su mano más fuerte.
Ricardo se la sostuvo con cuidado.
Yo miraba desde la ventana.
Por mucho que me doliera todo lo ocurrido, Sofía también necesitaba saber que su padre podía aprender a comportarse de otra manera.
Después de aquella visita, Ricardo me pidió hablar.
—Alejandra, estaba tan asustado de perderla que no supe qué hacer.
—Pero sí supiste mentirme.
Asintió.
—Pensé que si descubrías que Natalia conducía, jamás permitirías que Sofía volviera conmigo.
—Nuestra hija necesitaba protección, Ricardo. No que cuidaras tu relación mientras ella estaba sufriendo.
Comenzó a llorar nuevamente.
—Lo sé. Y voy a arrepentirme toda la vida.
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