Después de nueve días viendo a nuestra hija conectada a un respirador, mi ex me dijo: “Mañana hablarán de desconectarla. No sigas haciéndote ilusiones”. Su novia estaba a su lado, mirándome con desprecio. No discutí. Me acerqué a la cama y tomé la mano de mi pequeña. Me apretó dos veces, como hacíamos cuando tenía miedo. Entonces descubrí que mi ex me había ocultado algo terrible.
—No necesito hacerlo, Ricardo. Tus propias mentiras están hablando por ti.
Se marchó furioso.
Más tarde, el doctor Ortega me informó que Sofía había mostrado algunos movimientos durante otra evaluación neurológica, aunque todavía no podían confirmar que fueran respuestas conscientes.
Aquella pequeña posibilidad me dio fuerzas para continuar.
Al anochecer recibí una llamada del agente Javier Mendoza, quien investigaba el accidente.
—Señora Torres, confirmamos que no hubo otra camioneta involucrada. Además, encontramos a un testigo y estamos revisando información del teléfono de Natalia.
—¿Estaba usando el celular cuando chocó?
—Todavía debemos corroborarlo. Pero hay algo más que necesitamos investigar.
—¿Qué cosa?
—Localizamos a la vecina que recibió a Sofía aquella noche. Su hija no había salido a divertirse, como declaró inicialmente el señor Ricardo.
Sentí que se me secaba la garganta.
—Entonces, ¿por qué estaba fuera de casa?
El agente hizo una pausa.
—Según su testimonio, Sofía llegó muy alterada y pidió que no permitieran que Natalia se la llevara. También describió una discusión anterior al accidente.
Miré a través del cristal de terapia intensiva.
Mi pequeña seguía inmóvil.
—¿Qué discusión?
—Preferiría explicárselo personalmente, señora Torres. Tenemos información que contradice una parte importante de las declaraciones de su exesposo.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
Porque, mientras mi hija luchaba por despertar, empezaba a descubrir que las dos personas encargadas de protegerla habían tomado decisiones que podían haberle costado la vida.
Y lo que el agente estaba a punto de mostrarme cambiaría para siempre mi manera de mirar al padre de Sofía.
PARTE 3
La verdad empezó a salir a la luz un lunes por la mañana, cuando el agente Javier Mendoza me recibió en una pequeña oficina y colocó una carpeta sobre el escritorio.
Mi abogada, Verónica, estaba sentada a mi lado.
—Antes de mostrarle lo que tenemos, necesito aclararle algo —dijo el agente—. La investigación continúa. Algunas pruebas todavía deben ser evaluadas formalmente, pero ya podemos explicarle por qué las primeras versiones del accidente no coinciden.
Asentí.
Había imaginado aquel momento tantas veces que creí estar preparada.
No lo estaba.
El agente comenzó con el testimonio de la señora Julia, una vecina que vivía a pocos metros de la casa de Ricardo.
Aquella noche, aproximadamente a las nueve y media, Sofía había tocado su puerta.
Llevaba una mochila pequeña, los ojos enrojecidos y una fotografía doblada entre las manos.
—Le dijo que había discutido con la novia de su papá —explicó Mendoza—. Quería quedarse allí hasta poder comunicarse con usted.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Según Julia, Natalia había revisado las pertenencias de Sofía mientras Ricardo estaba fuera.
Encontró una caja donde mi hija guardaba fotografías nuestras, cartas y algunos recuerdos de cuando todavía vivíamos los tres juntos.
Natalia empezó a burlarse de ella.
—Tu mamá prefiere ponerse ese uniforme antes que cuidarte. Deberías agradecer que tu padre y yo te soportamos.
Sofía intentó recuperar sus fotografías.
Natalia le arrebató una y la rompió.
Era una imagen de mi hija en su primer festival escolar, cuando tenía seis años. Yo aparecía abrazándola, todavía con el uniforme de servicio porque había salido directamente del cuartel para verla bailar.
Sofía había guardado aquella fotografía durante años.
Al enterarse de que Natalia la había roto, comenzó a llorar y quiso llamar a Ricardo.
Pero él no respondió.
Entonces salió de la casa y buscó refugio con Julia.
—La señora nos explicó que la niña estaba asustada, pero no presentaba lesiones —continuó el agente—. Julia llamó al señor Ricardo. Él contestó después de varios intentos y prometió resolver la situación.
—¿Y qué hizo? —pregunté.
Mendoza consultó sus notas.
—Le pidió a Natalia que fuera a recogerla.
Lo miré sin comprender.
—¿Mandó a la misma persona de la que mi hija estaba tratando de alejarse?
El agente no respondió directamente.
No necesitaba hacerlo.
Sofía había pedido ayuda. Su padre sabía que estaba angustiada y, en lugar de escucharla, había decidido devolverla a la casa con la mujer que provocó aquella situación.