Después de 16 años de matrimonio, mi esposo me obligó a devolverle las tarjetas, las joyas y hasta el anillo. “¡Te vas sin un centavo y terminarás en la calle!”, gritó. Yo acepté sin discutir y salí con una maleta vieja. Él celebró haberme dejado sin nada, sin imaginar que el verdadero peligro para su fortuna de 80 millones estaba escondido entre mis suéteres…
—¡Ochenta millones de pesos! ¡Acabas de hacerme perder ochenta millones por ser una inútil!
Mi esposo, Héctor Salgado, gritó tan fuerte que pensé que los vecinos del edificio entero iban a escucharlo. Después tomó el antiguo frutero de cristal que estaba sobre la mesa y lo estrelló contra el piso.
El sonido me atravesó el pecho.
Aquel frutero había pertenecido a mi abuela. Era lo único que conservaba de la casa donde crecí antes de casarme.
Héctor lo sabía perfectamente.
Por eso lo había roto.
—Te pedí una sola cosa, Verónica —continuó, acercándose con el rostro rojo—. Revisar tres miserables páginas mientras yo preparaba mi viaje. ¿Ni siquiera eso puedes hacer bien?
Me quedé junto a la barra de mármol de nuestra cocina, en un lujoso departamento de Guadalajara.
Tenía cuarenta y dos años. Llevaba dieciséis casada con aquel hombre.
Y durante todo ese tiempo había aprendido que, cuando Héctor se enfurecía, cualquier palabra podía empeorar las cosas.
—Bernardo preparó los documentos —respondí—. Te advertí que había cifras que no coincidían. Incluso te pedí que los revisara un abogado.
—¡No metas a Bernardo en esto! ¡Él es mi contador de confianza!
—Entonces pregúntale por qué modificó los costos después de la última revisión.