Acababa de sacar a mi hija del hospital, sin saber si algún día volvería a caminar, cuando una adivina se acercó y dijo su nombre completo. Después susurró: “Tu esposa me habló de ella antes de morir”. Me quedé paralizado. Fingí creerle y acepté visitar su casa. Pero cuando mi hija vio a aquella mujer, empezó a temblar y pronunció unas palabras que cambiaron todo.
Fueron las primeras palabras que pronunció juntas y con claridad después de varias semanas.
A la mañana siguiente llamé a la neuróloga que supervisaba su rehabilitación.
Le conté todo.
La doctora me explicó que la mejoría de Sofía todavía era posible, aunque requeriría terapia, paciencia y seguimiento médico. Incluso había comenzado a soportar brevemente parte de su peso durante las sesiones.
—No confunda una posible recuperación con una curación milagrosa, señor Miguel —me advirtió—. Y tenga mucho cuidado con volver a exponerla a esa mujer.
También revisamos lo ocurrido con Lucía.
Un diagnóstico temprano no garantizaba que pudiera salvarse, pero retrasar durante tantos meses una evaluación especializada le había quitado oportunidades de recibir tratamiento.
Quise denunciar inmediatamente.
Sin embargo, comprendí que necesitábamos conservar los comprobantes, los mensajes y cualquier prueba de las recomendaciones que Jacinta había dado.
Esa tarde la llamé.
Le dije que había conseguido el resto del dinero y que deseaba realizar la primera ceremonia el sábado.
Aceptó encantada.
—Trae a la niña y una fotografía de Lucía. Cuando Sofía camine, todos comprenderán mi poder.
Preparé una grabación de nuestra conversación telefónica, guardé la libreta y pedí orientación sobre cómo presentar la denuncia.
Yo había decidido enfrentarla.
Pero Sofía escuchó mi conversación desde su habitación y empezó a llorar.
Cuando le dije que podía quedarse con su abuela, se aferró desesperadamente a mi camisa.
—Yo… quiero… decir…
Me acerqué.
—¿Qué quieres decir, mi vida?
Mi hija me miró directamente a los ojos.
Con un esfuerzo enorme, completó una frase que jamás olvidaré:
—Yo escuché todo, papá.
Y supe que lo que había ocurrido entre Lucía y aquella mujer era todavía más oscuro de lo que decía la libreta.
PARTE 3
El sábado llegué a casa de doña Jacinta con una fotografía de Lucía, la libreta escondida dentro de mi chamarra y una sensación horrible en el estómago.
Había pasado dos noches sin dormir.
Una parte de mí quería entrar, enfrentar a aquella mujer y exigirle que explicara lo que le había hecho a mi esposa.
Otra parte tenía miedo.
No porque creyera en sus maldiciones, sino porque Sofía había reaccionado con verdadero terror al verla.
Mi suegra, doña Teresa, había insistido en acompañarnos. Cuando supo lo que había encontrado en la libreta, lloró durante horas.
—Yo sabía que mi hija estaba preocupada por su salud —me confesó—. Pero nunca imaginé que estuviera pagando semejantes cantidades.
Le pedí que permaneciera cerca de la entrada y estuviera preparada para llevarse a Sofía si se alteraba.
Ahora sé que habría sido mejor no exponerla nuevamente a aquella mujer.
Pero entonces creí que confrontar a Jacinta delante de testigos sería la única manera de descubrir toda la verdad.