Acababa de sacar a mi hija del hospital, sin saber si algún día volvería a caminar, cuando una adivina se acercó y dijo su nombre completo. Después susurró: “Tu esposa me habló de ella antes de morir”. Me quedé paralizado. Fingí creerle y acepté visitar su casa. Pero cuando mi hija vio a aquella mujer, empezó a temblar y pronunció unas palabras que cambiaron todo.

  • Una sostenía la fotografía de un niño pequeño. Otra llevaba un sobre lleno de estudios médicos.
  • Jacinta estaba sentada detrás de una mesa cubierta con un mantel blanco.
  • Sobre una repisa había veladoras, frascos con hierbas y varias imágenes religiosas.
  • En una esquina, un teléfono celular permanecía encendido sobre un soporte.
  • —Hoy vamos a grabar un testimonio muy especial —anunció Jacinta—. Esta niña lleva seis meses sin caminar. Cuando se levante, todos sabrán que la fe consigue lo que la medicina no puede.
  • Las mujeres observaron a Sofía con lástima.
  • Mi hija permanecía en silencio.
  • La acomodé cuidadosamente en una silla, asegurándome de que sus pies descansaran sobre el suelo.
  • Jacinta extendió la mano.
  • —Primero, el dinero que falta.
  • La miré.
  • —Antes quiero hacerle unas preguntas.
  • Su sonrisa desapareció por un instante.
  • —Miguel, no podemos perder tiempo. Tu hija necesita ayuda.
  • Saqué la fotografía de Lucía.
  • Era una imagen tomada durante unas vacaciones familiares. Mi esposa aparecía riéndose, con el cabello movido por el viento.
  • La coloqué sobre la mesa.
  • Después saqué la libreta.
  • —¿Reconoce esto?
  • Jacinta bajó la mirada.
  • Sus dedos se quedaron inmóviles.
  • —No sé qué estás insinuando.
  • —Es el diario de mi esposa. Aquí escribió cada visita que hizo a su casa. Cada peso que le entregó. Cada recomendación que usted le dio.
  • Una de las mujeres se inclinó hacia adelante.
  • —¿Qué recomendaciones?
  • Abrí la primera página.
  • —Hace catorce meses, un médico encontró una lesión en el cerebro de Lucía y le indicó acudir urgentemente con un especialista.
  • Miré directamente a Jacinta.
  • —Mi esposa vino a pedirle ayuda porque estaba asustada. Y usted le dijo que no debía operarse ni continuar con los estudios.
  • Jacinta levantó una mano.
  • —Las cosas no fueron exactamente así.
  • —Aquí dice que usted le advirtió que una cirugía despertaría el tumor.
  • —Porque hay enfermedades que no se curan con cuchillos —respondió.
  • La mujer del sobre se llevó una mano a la boca.
  • Yo continué.
  • —También le aseguró que los dolores de cabeza eran señales de que estaba sanando. Cuando sufrió mareos, le dijo que debía resistir. Cuando comenzó a perder la visión por momentos, le cobró otra ceremonia.
  • Jacinta se levantó.
  • —Tu esposa acudió voluntariamente. Yo nunca obligo a nadie.
  • —¿Y cuánto dinero le quitó?
  • —Cuidado con tus palabras.
  • Comencé a leer las cantidades.
  • Dieciocho mil.
  • Veintidós mil.
  • Treinta y cinco mil.
  • Más pagos, transferencias y retiros.
  • La suma superaba los doscientos mil pesos.
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