Ahora estaba registrando mi casa para entregarme a un abogado que quería destruirme.
Guardé la grabación y busqué a Lucía Robles, una abogada penalista recomendada por una antigua compañera de trabajo.
Cuando terminó de revisar el video, dejó su pluma sobre la mesa.
—Valeria, esto ya no parece una simple disputa sucesoria.
Le mostré también los intentos de acceso bancario y los mensajes de mi padre.
Lucía examinó todo cuidadosamente.
—Necesitamos proteger los documentos originales y presentar una denuncia.
Pero hay algo que me preocupa: tu familia parece estar buscando una operación financiera concreta para acusarte.
—¿Y si les dejo encontrar una?
Lucía levantó la mirada.
—Explícate.
No quería falsificar pruebas ni comprometer mi situación legal.
Así que acordamos dejar a la vista copias de documentos contables antiguos, auténticos y sin información confidencial, cuya interpretación exigía revisar los expedientes completos.
También respaldamos cada archivo original ante notario.
48 horas después, Camila volvió a entrar.
Esta vez fotografió exactamente la carpeta que habíamos dejado sobre mi escritorio.
La noche anterior a mi detención, Lucía recibió una llamada de un conocido que trabajaba en un despacho mercantil.
Al terminar, su expresión cambió.
—Valeria, alguien está utilizando tu nombre para justificar transferencias millonarias hechas antes de que tu abuelo muriera.
—¿Quién?
—Eso es lo peor.
Las cuentas receptoras están vinculadas con una empresa que fue propiedad de tu padre.
Antes de que pudiera responder, Lucía abrió otro documento.
Era una copia de un contrato presentado como prueba de que yo había autorizado aquellas operaciones.
En la última página aparecía mi firma.
Pero había un detalle imposible.
El contrato tenía fecha del 18 de febrero, cuando mi abuelo todavía estaba vivo.
Ese día yo estaba internada en un hospital de Querétaro, recuperándome de una cirugía.
Y Lucía acababa de descubrir que el documento había sido certificado por alguien de la propia notaría donde se había leído el testamento.
Parte 2: Cuando los policías me llevaron a la Fiscalía aquella madrugada, mi hermana continuaba transmitiendo desde la banqueta.
—¡Por fin se hizo justicia! —gritaba.
Mi madre se acercó a uno de los agentes.
—Mi hija es muy manipuladora.
Tengan cuidado con todo lo que diga.
El policía no respondió.
En las oficinas de la Fiscalía Regional de Guadalajara me retiraron las esposas para realizar el registro correspondiente.
Un agente revisó mis datos y luego abrió el expediente digital relacionado con la denuncia.
Se quedó inmóvil.
Miró nuevamente mi nombre, comparó 2 números de carpeta y llamó en voz baja a su superior.
—Licenciada, necesitamos verificar esto antes de continuar.
Me trasladaron a una sala separada.
15 minutos después entró una funcionaria acompañada de otro servidor público.
