Camila únicamente lo visitaba cuando necesitaba dinero.
Aun así, nunca esperé recibir una herencia importante.
El día de la lectura del testamento, el notario confirmó que mi abuelo me había dejado la casa familiar, 2 locales comerciales y una participación empresarial.
El valor aproximado del patrimonio era de 96 millones de pesos.
Mi padre golpeó la mesa.
—¡Eso es imposible! ¡Soy su único hijo!
El notario le mostró el documento.
—Su padre dejó instrucciones expresas y el testamento cumple con las formalidades correspondientes.
El licenciado Adrián Salcedo, abogado de confianza de mi familia, permaneció sentado junto a mi madre.
Había trabajado durante años con los negocios de mi abuelo, pero su expresión me pareció extraña.
Cuando el notario explicó que una eventual incapacidad legal requeriría una resolución judicial y la intervención de las autoridades correspondientes, Adrián intervino.
—Desde luego, también podrían surgir controversias sobre la administración de los bienes si se comprobara alguna irregularidad.
Mi madre levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Qué clase de irregularidad?
—Desvíos de recursos, falsificación de documentos, operaciones que perjudiquen el patrimonio hereditario.
Mi hermana me observó con una sonrisa diminuta.
Mi abuelo solía decirme que la gente codiciosa no escucha las respuestas: escucha las oportunidades.
Aquella tarde comprendí lo que quería decir.
Durante las semanas siguientes, mi madre comenzó a llamarme todos los días.
Primero quería saber cuánto dinero había recibido.
Después preguntó por mis cuentas bancarias.
Finalmente insistió en que firmara un poder para que Adrián revisara las operaciones relacionadas con la herencia.
Me negué.
—No necesito que nadie administre lo que mi abuelo decidió dejarme.
Mi padre respondió por teléfono:
—Entonces no te quejes de las consecuencias.
4 semanas después, mi banco me notificó varios intentos fallidos de acceso a mi cuenta empresarial.
Solicité que se conservaran los registros de seguridad y cambié mis credenciales.
También instalé cámaras dentro de mi casa.
3 días después, mientras almorzaba cerca de mi oficina, recibí una alerta de movimiento.
Abrí la aplicación.
Camila acababa de entrar a mi vivienda utilizando una copia de la llave que yo guardaba para emergencias en casa de mis padres.
La vi dirigirse directamente al escritorio.
Abrió cajones, fotografió contratos y revisó una carpeta que contenía documentos bancarios.
Después realizó una llamada.
Aunque la cámara no grababa claramente las palabras de su interlocutor, sí escuché su respuesta:
—Ya encontré lo que Adrián necesita.
Esta noche se lo llevo.
Sentí un dolor que ninguna cantidad de dinero podía explicar.
Mi hermana llevaba años abrazándome en mis cumpleaños.
