Camila comenzó a suplicarle.
—Yo iba a explicártelo…
—¿Desde cuándo estás con él?
Ella no respondió.
Sergio golpeó la mesa con rabia. Camila retrocedió y llamó a emergencias cuando él intentó impedirle salir.
La policía llegó antes de que la situación empeorara.
Por primera vez, Sergio comprendió que había perdido a su familia por una mujer que también lo estaba engañando.
Pero la verdadera tragedia no era que Camila esperara un hijo de otro hombre.
Era que Sergio había despreciado a la hija que sí tenía.
Mientras todo eso ocurría, Daniela continuaba recuperándose.
Ya no tenía fiebre y las marcas de sus muñecas comenzaban a desaparecer.
Sin embargo, cada vez que escuchaba una tormenta, corría a esconderse debajo de la cama.
Una mañana la encontré abrazando a su viejo osito de peluche.
—Mami, ¿si me porto bien, papá ya no va a amarrarme?
Sentí que se me cerraba la garganta.
Me senté junto a ella.
—Daniela, escúchame con atención. Aunque te equivocaras, aunque rompieras algo o hicieras una travesura, nadie tiene derecho a tratarte así.
Mi hija me miró confundida.
—¿Entonces no soy mala?
La abracé.
—Eres una niña maravillosa. Y no tienes que ganarte el derecho a estar segura.
Daniela apoyó la cabeza sobre mi pecho.
—Yo solo quería que papá me quisiera.
Fue imposible contener las lágrimas.
En aquel instante entendí que ninguna cantidad de dinero podía devolverle la confianza que había perdido.
Por eso decidí concentrarme en su recuperación y permitir que las autoridades se encargaran de Sergio.
Pero mi esposo todavía no estaba dispuesto a aceptar las consecuencias.
Una semana después, Alonso descubrió que Sergio había buscado a Héctor Castañeda, un prestamista vinculado con negocios ilegales.
Sergio le debía una suma importante por un desarrollo inmobiliario que nunca consiguió terminar.
Desesperado, le propuso algo monstruoso.
Si Héctor lograba llevarse a Daniela, podría obligarme a pagar la deuda y retirar las denuncias.
Cuando Alonso me informó, sentí el mismo miedo que había experimentado aquella noche bajo la lluvia.
Inmediatamente presentamos la información ante las autoridades y reforzamos la seguridad de mi hija.
Dos días después, varios hombres intentaron interceptar un vehículo de nuestra empresa.
Creían que Daniela viajaba dentro.
Pero ella estaba conmigo, en casa de mis padres, pintando flores en el jardín.
La policía, que investigaba las amenazas, intervino. La operación terminó con varios detenidos y pruebas que relacionaban a Héctor con el intento de privación ilegal de la libertad.
Sergio también fue detenido posteriormente por su participación.
Cuando Alonso me llamó para informarme, estaba sentada junto a Daniela.
Mi hija había dibujado una casa amarilla con un jardín enorme.
—Mami, esta es nuestra casa nueva —me dijo—. ¿Ves? Tiene muchas ventanas para que entre el sol.
La abracé.
