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—Y ayer estuve a punto de repetir lo mismo que tanto me atormentó.
No intenté consolarlo.
—Don Arturo, tener miedo no le da derecho a gobernar la vida de los demás. Ni su esposa, ni su hijo, ni su nuera son propiedades suyas.
El anciano asintió.
—Tiene razón, Carmen.
Regresó con nosotros y, delante de Diego, le pidió perdón a Beatriz.
Ella lo escuchó sin abrazarlo inmediatamente.
—No necesito que me prometas que vas a cambiar —respondió—. Necesito que empieces a hacerlo. Y quiero aprender a manejar.
Arturo bajó la cabeza.
—Esta vez no voy a impedírtelo.
Los siguientes días fueron agotadores.
Mariana permaneció bajo vigilancia hasta que su presión y sus análisis mejoraron. Después pudo salir de terapia intensiva.
La pequeña seguía en neonatología, ganando peso lentamente.
El miércoles, una enfermera ayudó a Mariana a sostener por primera vez a su hija contra el pecho.
La bebé acomodó su diminuta cabeza sobre ella.
Mi hija la contemplaba como si hubiera recibido de vuelta un pedazo de su propia vida.
Diego se arrodilló junto a su silla.
—Perdóname por mentirte. Perdóname por hacerte sentir que tu opinión no importaba.
Mariana lo miró seriamente.
—No puedo olvidar lo que pasó de un día para otro.
—Lo sé.
—Si vamos a seguir juntos, no quiero más decisiones tomadas a mis espaldas.
Diego asintió.
—Ya hablé con mi padre. No aceptaremos la casa. Voy a buscar otro trabajo y decidiremos todo juntos.
Mi hija lo abrazó, pero también le pidió tiempo para recuperar la confianza.
Me pareció justo. Una disculpa no borra una mentira; apenas permite empezar a repararla.
Aquella tarde bajé por un café con Beatriz.
Fue entonces cuando apareció Socorro, la enfermera de la gasolinera.
Traía un sobre de plástico y los ojos húmedos.
—Señora Carmen, ¿de verdad no me recuerda?
Observé su rostro detenidamente.
Entonces sacó una fotografía antigua.
Aparecíamos dos mujeres frente a un Volkswagen Sedán color crema.
Una era yo, casi treinta años más joven.
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