Subí al avión con una sola maleta, todavía escuchando a mi esposo decirme: “Mañana viene ella, necesito que ya no estés aquí”. Después de cuidarlo durante 3 años tras su accidente, no discutí ni lloré; simplemente me fui. Pero antes del despegue, una azafata cambió mi asiento… y el hombre que encontré a mi lado sabía demasiado sobre mi matrimonio.

—Estoy herida, no inconsciente. Y no te estoy pidiendo que decidas por mí.

Él entró.

A la mañana siguiente, Lucía despertó sola.

Sintió una punzada conocida: otra vez alguien se había ido antes de que ella abriera los ojos.

Se vistió para la reunión y bajó al restaurante. Mateo ya estaba allí.

—Quiero explicarte por qué salí temprano.

—Primero trabajo. Tenemos una negociación en menos de dos horas.

En las oficinas francesas, el fundador, Jean-Paul Delorme, era amable pero implacable. A su derecha estaba su abogada, Claire Beaumont, capaz de convertir una coma en una batalla.

Cuando llegaron a la cláusula siete, ocurrió exactamente lo que Lucía había previsto.

Claire exigió autorización previa para cualquier modificación tecnológica.

Mateo iba a responder cuando Lucía tocó su libreta.

—Propón notificación obligatoria y derecho de objeción en treinta días —susurró—. Protege su patente sin paralizar la planta.

Lucía formuló la propuesta en francés.

Jean-Paul escuchó y respondió:

—C’est raisonnable.

Dos horas después, los franceses aceptaron preparar el acuerdo final para firma.

En el pasillo, Mateo se acercó.

—Acabas de salvar ocho meses de negociación.

 

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