—Estoy herida, no inconsciente. Y no te estoy pidiendo que decidas por mí.
Él entró.
A la mañana siguiente, Lucía despertó sola.
Sintió una punzada conocida: otra vez alguien se había ido antes de que ella abriera los ojos.
Se vistió para la reunión y bajó al restaurante. Mateo ya estaba allí.
—Quiero explicarte por qué salí temprano.
—Primero trabajo. Tenemos una negociación en menos de dos horas.
En las oficinas francesas, el fundador, Jean-Paul Delorme, era amable pero implacable. A su derecha estaba su abogada, Claire Beaumont, capaz de convertir una coma en una batalla.
Cuando llegaron a la cláusula siete, ocurrió exactamente lo que Lucía había previsto.
Claire exigió autorización previa para cualquier modificación tecnológica.
Mateo iba a responder cuando Lucía tocó su libreta.
—Propón notificación obligatoria y derecho de objeción en treinta días —susurró—. Protege su patente sin paralizar la planta.
Lucía formuló la propuesta en francés.
Jean-Paul escuchó y respondió:
—C’est raisonnable.
Dos horas después, los franceses aceptaron preparar el acuerdo final para firma.
En el pasillo, Mateo se acercó.
—Acabas de salvar ocho meses de negociación.
