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La misma a quien había echado de nuestra casa después de encontrar fotografías que, según yo, demostraban su infidelidad.
Lucía llevaba el cabello recogido, uniforme azul marino y una sonrisa profesional.
Cuando llegó a nuestros asientos, nuestras miradas se cruzaron.
Solo duró un segundo.
—¿Agua natural, señor? —preguntó.
—Sí… gracias.
Su mano tembló ligeramente al entregarme el vaso.
Entonces Renata señaló hacia la última fila.
Allí viajaba una niña de trenzas oscuras, suéter rosa y un conejito de peluche al que le faltaba parte de una oreja.
La pequeña tarareaba una canción mientras miraba las nubes.
—Oiga, ¿por qué hay una niña viajando sola aquí?
—Tiene su boleto y asiento asignado, señora. Está bajo supervisión de la tripulación —respondió Lucía.
—Pues llévensela a otro lado. Me está molestando.
—Señora, la pequeña no está haciendo nada malo.
Renata soltó una carcajada.
—¿Ahora resulta que una empleada va a decirme qué tengo que aguantar?
—Renata, basta —intervine.
Pero ella ya estaba de pie.
—¡Quiero hablar con el capitán! ¡Y también quiero el nombre completo de esta mujer!
Al girarse bruscamente, golpeó el carrito.
Una charola cayó al piso.
El vaso se rompió y el agua salpicó los zapatos de Lucía.
Todos guardaron silencio.
Lucía no recogió inmediatamente los vidrios.
Caminó hasta la última fila, se inclinó frente a la pequeña y la abrazó.
—Tranquila, Sofi. No pasa nada.
Después levantó la mirada.
—Señora, puede presentar las quejas que considere necesarias, pero no vuelva a gritarle a mi hija.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
¿Su hija?
Miré nuevamente a la pequeña.
Tenía los ojos de Lucía.
Pero su nariz, la forma de sus cejas y aquella pequeña arruga que aparecía cuando fruncía la frente…
Eran idénticas a las mías.
—¿Cómo se llama? —pregunté casi sin voz.
—Sofía —respondió Lucía.
Recordé inmediatamente una conversación de nuestra boda.
Lucía me había susurrado mientras bailábamos:
«Si algún día tenemos una niña, quiero llamarla Sofía, como mi abuelita».
Me acerqué lentamente.
La pequeña levantó su conejito.
—Hola, señor. ¿Usted fue quien hizo que la señora dejara de gritar?
Asentí.
—Gracias. Mi conejito estaba muy asustado.
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