“¿Qué haces ahí parada? ¡Salva a mi esposo!”, me gritó una embarazada de ocho meses cuando trajeron a un accidentado al hospital. Reconocí la cicatriz de su mano: era mi marido de 20 años, que llevaba días mintiéndome sobre un viaje. No levanté la voz. Cuando supe que sobreviviría, respondí: “La buena noticia es que vivirá. La mala…”. Y saqué el documento que cambiaría todo.
Saqué del bolsillo de mi filipina el brazalete que había dejado de usar desde septiembre y lo coloqué sobre la mesa. Su golondrina era idéntica a la que ella llevaba puesta.
—Cristina Morales. Soy la esposa legal de Eduardo. Llevamos veinte años casados. Esa es la mala noticia.
—Eso no puede ser. Me dijo que estaban divorciándose, que solo faltaba una firma.
—No me pidió el divorcio. Lo presenté yo esta semana, cuando descubrí lo de ustedes y la venta de mi casa.
—Pero doña Graciela…
—Sí. Ella sabe perfectamente quién soy. La casa no era de Eduardo ni de su madre. Era de mi mamá. Mi esposo utilizó un poder que yo le di para trámites y la vendió a su madre sin entregarme el dinero. La operación ya está impugnada y hay una medida judicial que impide disponer del inmueble por ahora.
—Me dijo que usted era fría, que nunca lo acompañaba, que solo le importaba el hospital.
—Trabajé noches enteras para comprarle su primera camioneta. Pagué las mensualidades de nuestro departamento, los estudios de nuestro hijo y las medicinas de su madre. Y cuando mi mamá estaba muriéndose, él no fue ni una vez a ayudarme a cuidarla.
—También me dijo que ese dije era especial, que jamás había comprado otro igual.
—Yo también creí que era especial —admití.
Evelyn empezó a llorar.
—No voy a pelear contigo por él —le dije—. Pero tampoco voy a seguir manteniéndolo. A partir de ahora, cada quien tendrá que hacerse responsable de sus decisiones. Tu hija no tiene la culpa de nada. Cuídala.
—¿Por qué me está tratando bien, después de cómo le hablé?
—Porque estás embarazada, acabas de sufrir un choque y necesitas atención. Eso no depende de que me caigas bien.
Bajé y encontré a doña Graciela frente al quirófano. Volvió a hablarme con voz dulce.
—Hijita, ahora ayúdame a conseguirle a Eduardo los mejores especialistas. Si hace falta un cuarto privado, tú sabrás cómo moverle.
Saqué mi celular. Le mostré la escritura: su nombre como compradora, Eduardo como mi representante y un precio ridículo que yo jamás había recibido.
—Ya sé lo de la casa —dije—. También sé de Evelyn, de la niña y de la boda.
—¿Y qué? Esa casa estaba desperdiciándose. Mi hijo tiene derecho a empezar de nuevo. Tú preferiste cuidar desconocidos antes que estar con él. Evelyn sí va a darle una familia de verdad.