El Día de las Madres fui sola a cenar a un restaurante italiano. Justo después de pagar, me encontré por casualidad con mi hijo, su esposa y toda la familia de ella. Cuando estaba a punto de marcharme, lo escuché decirle a la gerente: “Cárguelo a la membresía de mi madre”. Entonces vi una autorización de $38,000 con mi firma falsificada. Me acerqué al mostrador y pedí que llamaran al director general. Minutos después, cuando salió y se dirigió a mí de una forma que nadie en la familia de mi hijo esperaba…
Mi hijo intentó robarme el Día de las Madres, a menos de 2 metros de donde yo estaba parada.
Lo más doloroso no fue descubrir que estaba usando mi dinero sin permiso.
Fue darme cuenta de que había organizado una celebración con toda la familia de su esposa después de decirme que yo no tenía lugar en ella.
Y todavía había algo que él ignoraba.
El número de membresía que estaba dictándole a la gerente pertenecía a la mujer que tenía el control del restaurante.
Yo.
Me llamo Margarita Montes, tengo 68 años, soy viuda y, por lo visto, me había convertido en una vergüenza para el hijo al que dediqué 35 años de mi vida.
Aquel domingo de mayo estaba sentada sola en Bellavita, un elegante restaurante italiano de la Ciudad de México.
Había familias por todas partes.
Los meseros llevaban arreglos florales a las mesas, las copas chocaban entre brindis y los hijos abrazaban a sus madres mientras les entregaban regalos.
Frente a mí había una segunda silla vacía.
Mi hijo Adrián ni siquiera me había llamado.
3 semanas antes le había propuesto que cenáramos juntos para celebrar el Día de las Madres.
No pedía una fiesta ni un regalo costoso.
Solo quería compartir unas horas con él.
Pero quien contestó su teléfono fue Vanessa, mi nuera.
—Vamos a celebrarlo con mis papás, Margarita.
Es una ocasión familiar.
Recuerdo que me quedé mirando el aparato.
—¿Y yo no soy familia?
Vanessa soltó una risita.
—Ay, no empiece con sus dramas.
La llamada terminó poco después.
No volví a insistir.
Aquella tarde saqué del clóset mi traje azul marino favorito.
Me arreglé el cabello frente al espejo y prendí en la solapa un broche de perlas que había pertenecido a mi esposo Ricardo.
Desde que él murió, ese broche me acompañaba en las ocasiones importantes.
Y aunque nadie me hubiera invitado a celebrar, yo seguía siendo madre.