PARTE 1
—¿Y por qué la factura está a tu nombre? Si esa camioneta llegó a esta familia, entonces también debería poder usarla yo.
La voz de Leticia retumbó en la sala como si acabara de descubrir una traición imperdonable.
Mariana extendió la mano y recuperó los documentos de la camioneta que su suegra había sacado de su bolso sin permiso.
—Porque mis papás me la regalaron a mí por mis treinta y dos años. Está a mi nombre, el seguro está a mi nombre y yo la uso para trabajar. No llegó “a la familia”. Llegó para mí.
Arturo, su esposo desde hacía tres años, permaneció hundido en el sillón mirando el control remoto como si de pronto fuera el objeto más fascinante del mundo.
Leticia abrió los brazos, indignada.
—¡Mira nada más cómo habla! Tú manejando una camioneta nueva y yo arriesgando la vida en ese coche viejo que cualquier día me deja tirada.
Su automóvil era un sedán de casi veinte años que soltaba humo, se calentaba en carretera y tenía una puerta que solo cerraba si se golpeaba dos veces.
Pero Leticia se negaba a venderlo.
El verdadero problema empezó cuando llegó la temporada en que viajaba casi cada fin de semana al pequeño terreno de una amiga cerca de Chapala. Quería llevar macetas, costales de tierra, fertilizante, cajas de plantas y hasta herramientas.
Un viernes, Arturo lanzó la petición mientras cenaban.
—Amor, préstale la camioneta a mi mamá este fin. En su coche no caben todas sus cosas.
Mariana dejó el tenedor sobre el plato.
—No.
—Ni siquiera lo pensaste.
—Sí lo pensé. Asientos claros, muestras de trabajo en la cajuela y una camioneta que necesito todos los días. Puede contratar una camioneta de carga.
Arturo resopló.
Al día siguiente apareció Leticia.
—Dame las llaves. Yo sé manejar.
—No.
—Arturo puede llevarme.
—Tampoco. Él ni siquiera está registrado como conductor habitual en mi póliza.
Leticia se levantó furiosa.
—En esta casa todo es “mío, mío, mío”. Ya veremos cuánto te dura esa actitud.
Mariana creyó que había sido clara.
Una semana después volvió agotada de una obra en Zapopan. Arturo estaba extrañamente atento: preparó la cena, le hizo un té y hasta recogió la cocina.
Mariana sonrió, sorprendida.
Después de bañarse dejó su bolso junto al clóset y cayó rendida.
No escuchó cuando, pasada la medianoche, Arturo entró de puntillas.
No vio cómo abrió su bolso.
Ni cómo sacó las llaves de la camioneta.
Mucho menos vio cómo retiró la funda rosa de su control y la colocó cuidadosamente sobre otro juego de llaves.
A la mañana siguiente Mariana salió corriendo porque tenía una reunión decisiva con un cliente.
Llegó al estacionamiento.
Su lugar estaba vacío.
Buscó las llaves dentro del bolso y presionó el botón.
A treinta metros, el destartalado coche de Leticia respondió con un pitido ronco.
Mariana bajó lentamente la mirada.
Dentro de su funda rosa estaban las llaves del automóvil de su suegra.
Entonces levantó la vista hacia la ventana de su departamento.
La cortina se movió.
Durante un segundo vio a Arturo observándola.
Y enseguida él se escondió.
En ese instante Mariana comprendió que aquello no había sido un malentendido.
Su esposo había esperado a que se durmiera para robarle las llaves.
Y todavía no podía imaginar hasta dónde había llegado el plan.
