PARTE 1
—Cuando la vieja se muera, todo esto va a ser nuestro. Así que deja de hacerte el escrupuloso y carga las cajas.
Teresa Ramírez sintió que se le helaba el cuerpo dentro del pequeño cobertizo donde estaba escondida junto a su vecina Josefina.
Afuera, bajo la luz de un teléfono, Karla —su sobrina, la hija de su hermana fallecida— señalaba el sótano donde Teresa guardaba las conservas de todo el año.
—Nicolás, llévate los chiles en escabeche, las mermeladas y las cajas de jitomate. Esas se venden bien.
—Ya no cabe nada en la camioneta —murmuró él—. Si seguimos cargando, tu tía va a darse cuenta.
Karla soltó una risa seca.
—¿Y qué? Mañana venimos a visitarla, ponemos cara de preocupación y le decimos que seguro fueron ladrones.
Después llamó a sus hijos.
—Mateo, Fernanda, junten los duraznos que alcancen. Pero despacio.
El niño preguntó:
—Mamá, ¿por qué hacemos esto de noche?
—Porque es una sorpresa para la tía Tere. Le estamos ayudando.
Teresa cerró los ojos.
Aquella misma mujer le había dicho 2 meses antes que no podía ir a ayudarla porque sufría una terrible alergia al campo. Nicolás supuestamente tenía una lesión en la espalda. Teresa, que apenas podía agacharse por el dolor en la cintura, había trabajado sola durante semanas.
Y todavía había cometido el error de enviarle 1,500 pesos.
“Para que los niños tengan fruta”, había dicho.
Ahora los niños estaban recogiendo su fruta en plena madrugada.
Josefina apretó el brazo de Teresa.
—Sal y enfréntalos.
—No.
—¿Cómo que no?
Teresa habló casi sin voz.
—Quiero escuchar hasta dónde llega su descaro.
Entonces Karla dijo algo que le partió el corazón.
—Aprovecha ahora, Nicolás. La tía no tiene hijos. ¿Para quién crees que guarda todo esto? Tarde o temprano va a terminar siendo nuestro.
Nicolás guardó silencio.
—Además —continuó Karla—, la próxima vez ya no tendremos que venir a escondidas.
—¿Por qué?
Karla levantó una carpeta azul.
—Porque ya encontré los papeles que necesitaba.
Teresa dejó de respirar por un instante.
Conocía perfectamente aquella carpeta.
Era donde guardaba copias de la escritura de su casa, recibos del predial y documentos personales.
Karla la metió en su bolsa.
Después subió a la camioneta con su familia y desapareció por el camino.
Teresa permaneció debajo del duraznero saqueado, mirando el polvo levantado por las llantas.
Josefina pensó que lloraría.
Pero Teresa no derramó una sola lágrima.
—Mañana van a volver —dijo.
—¿Para qué?
Teresa levantó la mirada.
—Para fingir que me quieren.
Y Karla todavía no sabía que aquella carpeta azul contenía algo que podía destruir todo su plan.
Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
