PARTE 2
Mariana regresó al departamento y abrió la puerta con tanta fuerza que Arturo casi derramó el café que sostenía entre las manos.
—¿Dónde está mi camioneta?
Él intentó sonreír.
—Mariana, no empieces.
Ella lanzó las llaves viejas sobre la mesa.
—Te lo preguntaré una vez. ¿Dónde está?
Arturo tragó saliva.
—Mi mamá se la llevó. Solo será unos días.
—¿Entraste a mi bolso mientras dormía?
—No exageres.
—¿Cambiaste las llaves para que yo saliera creyendo que todavía tenía mi camioneta?
—Lo hice para evitar una discusión a las seis de la mañana.
Mariana lo miró sin reconocerlo.
Arturo empezó a hablar más rápido.
—Mamá necesitaba ir a Chapala. Su coche está fatal. Tú puedes usar el de ella mientras tanto.
—Tengo una reunión con un cliente en cuarenta minutos.
—Pues pide un Uber.
Mariana sacó el teléfono.
—Eso haré.
Arturo respiró aliviado.
Hasta que escuchó:
—Buenos días. Quiero reportar un vehículo que fue retirado de mi domicilio sin mi autorización.
Arturo palideció.
—¿Qué haces?
Mariana continuó proporcionando matrícula, características y ubicación probable. Explicó que sabía quién podía tenerlo y que las llaves habían sido tomadas mientras ella dormía.
Arturo intentó quitarle el celular.
—¡Es mi mamá!
Mariana retrocedió.
—Precisamente. Por eso estoy dando su nombre.
—¡Le di permiso yo!
—Tú no eres el propietario.
Veinte minutos después Mariana salió rumbo a su reunión en un taxi. Silenció las llamadas de Arturo y decidió ocuparse primero de su trabajo.
Mientras tanto, Leticia recorría la carretera rumbo a Chapala sintiéndose dueña del mundo.
Había colocado dos costales de tierra, macetas y una manguera sobre los asientos.
Incluso había enviado una fotografía a sus amigas.
“Mi hijo por fin puso orden en su casa”, escribió.
Pero antes de llegar, una patrulla le indicó que se detuviera.
Los agentes verificaron las placas y le pidieron bajar.
—Hay un reporte relacionado con este vehículo.
Leticia soltó una carcajada nerviosa.
—Debe ser una confusión. Es de mi nuera.
—¿Ella le autorizó utilizarlo?
—Mi hijo me dio las llaves.
—Le pregunté si la propietaria se lo autorizó.
Leticia dejó de sonreír.
Una hora más tarde, cuando Mariana terminó su presentación, encontró diecisiete llamadas perdidas.
También tenía varios mensajes.
“Retira el reporte.”
“Mi mamá está con los policías.”
“Estás destruyendo a esta familia por una camioneta.”
Entonces llegó un audio de Leticia.
Pero no estaba dirigido a Mariana.
La mujer lo había enviado por error al grupo familiar.
—Arturo, tú me dijiste que no pasaba nada. Me dijiste que si Mariana hacía escándalo dijera que la camioneta era de los dos por estar casados. Tú fuiste quien me dio las llaves. Arréglalo y dile que deje de hacerse la dueña de todo.
Mariana escuchó el audio dos veces.
Después apareció otro mensaje.
Esta vez de Arturo.
“Borra eso, mamá.”
Demasiado tarde.
Mariana hizo una captura de pantalla, guardó el audio y se dirigió a la agencia del Ministerio Público donde le indicaron que podía formalizar lo ocurrido.
Hasta ese momento todavía existía una parte de ella que quería creer que su esposo había cedido ante la presión de su madre.
El audio acababa de demostrar algo muy distinto.
Arturo no había cometido una tontería impulsiva.
Había planeado todo.
Y cuando Mariana llegó a la agencia y revisó los mensajes que él había intercambiado con Leticia la noche anterior, encontró una frase que cambió definitivamente lo que pensaba hacer con su matrimonio.
