PARTE 1
—Para tu hijo, con esto basta —dijo Teresa con una sonrisa burlona, mientras le entregaba a su nieto un calendario publicitario que había recibido gratis en una farmacia.
A Laura se le congelaron las manos.
Llevaba toda la tarde cocinando para celebrar los 60 años de su suegra en su casa de Guadalajara. Había preparado lomo adobado, ensalada de coditos, arroz, frijoles y un pastel que encargaron especialmente porque Teresa había repetido durante semanas que “una fecha importante merecía algo de categoría”.
Desde que llegó, sin embargo, Teresa no había hecho más que inspeccionar.
—Este vaso tiene manchas.
—La servilleta está mal doblada.
—¿De verdad vas a servir el arroz en ese refractario?
Laura respiraba hondo y se repetía lo mismo:
Es una noche. Aguanta una noche.
Mateo, su hijo de 8 años, apareció en la cocina con su playera favorita, una azul ya un poco desgastada.
—Mamá, ¿me haces un sándwich? Tengo hambre.
—Ahorita, mi amor.
—¿Un sándwich antes de la cena? —interrumpió Teresa—. Así nunca va a aprender modales. Y mira esa playera. Parece que nadie lo cuida.
Mateo bajó la mirada.
Laura sintió hervir la sangre.
—Está en su casa, Teresa.
—Precisamente. Si en casa le permiten todo, luego sale al mundo creyendo que puede presentarse de cualquier manera.
En el patio, Javier, esposo de Laura, preparaba la carne junto al asador. Cuando ella le contó lo ocurrido, él apretó la mandíbula.
—Aguanta un poco, Lau. Es su cumpleaños.
Laura no respondió.
Esa frase llevaba años escuchándola.
Es mi mamá.
Ya sabes cómo es.
No vale la pena discutir.
Una hora después llegó Patricia, la hermana mayor de Javier, con su esposo y su hija Renata, de 10 años. Patricia entró como si fuera invitada de honor.
—¡Mamá, felicidades! Qué guapa te ves.
Luego miró a Laura, que llevaba una charola.
—Aunque claro, unas descansamos y otras prefieren complicarse la vida cocinando todo.
Javier escuchó el comentario.
Otra vez guardó silencio.
Hasta que llegó la hora de los regalos.
Teresa llamó primero a Renata y sacó de su bolsa una pequeña caja de terciopelo.
Dentro había unos aretes de oro.
—Para mi princesa. Una niña tiene que acostumbrarse desde pequeña a las cosas bonitas.
Patricia soltó un grito de emoción.
Después Teresa llamó a Mateo.
El niño se acercó sonriendo, ilusionado.
Teresa rebuscó dentro de su bolsa y sacó un tubo de papel.
—Toma.
Mateo lo abrió.
Era un calendario de pared con el logotipo enorme de una farmacia y publicidad de vitaminas.
El niño miró los aretes de Renata.
Después miró el calendario.
Y finalmente miró a su padre.
—Gracias, abuela —murmuró.
Teresa soltó una risita.
—¿Qué? Para Mateo, con eso basta.
Javier dejó lentamente su vaso sobre la mesa.
Y Laura supo, por la forma en que su esposo se puso de pie, que algo que llevaba 30 años enterrado acababa de despertar.
