ntht/ Mi suegra siempre empezaba a sentir dolor en el pecho, dificultad para respirar o decía que estaba “a punto de sufrir un derrame cerebral” justo cuando mi esposa y yo queríamos hacer algo que a ella no le gustaba. Incluso llegaba a desplomarse sobre el sillón con la presión arterial rozando los 200 y aseguraba que podía morir en cualquier momento.

PARTE 3

Mariana comenzó a visitarla más.

Después a acompañarla a consultas.

Luego a pagarle algunas cosas.

Poco a poco, la casa de Teresa se convirtió en el centro del matrimonio.

Primero fueron los domingos.

Después 3 días a la semana.

Finalmente, Teresa obtuvo una llave del departamento.

Entraba sin avisar.

Cambió las cortinas porque “ese color deprimía”.

Reorganizó la cocina.

Criticó la forma en que Javier gastaba.

Criticó su negocio.

Criticó a sus amigos.

Criticó a su familia.

Y cada vez que Javier intentaba poner límites, Teresa enfermaba.

La primera vez, él se sintió culpable.

La décima, sospechó.

La número 100, ya no sabía distinguir qué era real y qué no.

—Mamá… —dijo Mariana con voz quebrada—. ¿De verdad exagerabas tus crisis?

Teresa abrió la boca.

—Yo jamás…

—Mírame.

Su hija levantó la voz por primera vez.

—¡Mírame y dime la verdad!

Teresa se quedó quieta.

—Yo sí tengo presión alta.

—Eso no te pregunté.

—Me siento mal cuando me altero.

—Tampoco te pregunté eso.

Javier permaneció en silencio.

Mariana se acercó a su madre.

—¿Fingiste alguna vez que estabas peor para que yo no saliera con Javier?

Teresa apretó los labios.

No respondió.

Y esa ausencia de respuesta fue peor que una confesión.

Mariana retrocedió.

—Dios mío.

—No hagas un drama —dijo Teresa—. Lo hice porque estaba sola.

—¿Cuántas veces?

—Mariana…

—¿Cuántas?

—No llevaba una cuenta.

Mariana se cubrió la boca.

Javier sintió que algo dentro de él se rompía definitivamente.

No porque no lo hubiera imaginado.

Sino porque escuchar la verdad convertía todos aquellos años en algo irreversible.

Teresa, acorralada, cambió de tono.

—¿Y qué querían que hiciera? ¿Quedarme sentada viendo televisión mientras mi única hija hacía su vida y se olvidaba de mí?

—¡Yo nunca me olvidé de ti! —gritó Mariana.

—Las hijas cambian cuando se casan.

—¡Eso es normal!

—Para ti.

Mariana comenzó a caminar por la sala.

—Te llevé al médico. Te pagué medicinas. Te compré despensa. Te llamaba todos los días. Venías a nuestra casa cuando querías.

Teresa señaló a Javier.

—Porque él siempre quiso alejarte.

—Yo solo quería estar con mi esposa —respondió él.

—¡Es lo mismo!

Javier negó lentamente.

—No. Y que usted crea que es lo mismo explica todo.

Mariana tomó uno de los estados de cuenta.

—¿Qué es el pago del coche?

Teresa desvió la mirada.

—Nada.

—Mamá.

—Un carrito usado.

—Me dijiste que te lo había prestado mi tío.

—Bueno, me ayudó a conseguirlo.

—¿Y yo llevo casi un año pagando las mensualidades?

—Tú dijiste que querías ayudarme.

—¡Yo pensé que era para medicamentos y gastos de la casa!

Teresa frunció el ceño.

—¿Ahora me vas a cobrar lo que has hecho por tu propia madre?

Mariana la miró como si acabara de conocerla.

Durante años, aquella frase había funcionado.

Siempre.

“Soy tu madre.”

“Yo te di la vida.”

“Yo me sacrifiqué por ti.”

“Cuando yo falte, te vas a arrepentir.”

Pero esa noche sonó diferente.

Ya no parecía amor.

Parecía una factura que nunca terminaba de pagarse.

—No —respondió Mariana—. No te voy a cobrar nada.

Teresa respiró aliviada.

Entonces su hija añadió:

—Pero tampoco voy a seguir pagando.

—¿Qué?

—La tarjeta, el coche, tus compras. Se acabó.

Teresa se llevó una mano al pecho.

—¿Ves lo que provocaste? —le dijo a Javier—. Ahora la pusiste contra mí.

—No.

Mariana la interrumpió.

—Él no hizo esto.

—Claro que sí.

—¡No!

La voz de Mariana retumbó en la sala.

—Tú lo hiciste.

Teresa quedó muda.

Mariana comenzó a llorar con más fuerza.

—Y yo también.

Javier la miró.

—Yo permití que entraras en nuestro matrimonio. Yo te contaba cada discusión. Yo te dejaba decidir cosas que solo nos correspondían a él y a mí. Cada vez que Javier ponía un límite, yo sentía que estaba traicionándote.

Se volvió hacia su esposo.

—Y cada vez que tú me pedías elegirte, yo pensaba que querías obligarme a abandonar a mi madre.

Javier bajó la mirada.

—Nunca quise que la abandonaras.

—Ya lo sé.

—Solo quería que no viviéramos alrededor de sus crisis.

Mariana asintió.

—Ahora lo entiendo.

Teresa empezó a recoger algunas cosas de su maleta.

—Pues perfecto. Ya se pusieron de acuerdo para convertirme en la villana.

—Mamá, siéntate.

—No.

—Siéntate.

Algo en la voz de Mariana cambió.

Teresa obedeció.

—Vas a devolver el coche.

—¿Estás loca?

—Si no puedes pagarlo, sí.

—Lo necesito.

—Entonces consigue cómo pagarlo.

—¿Y mis gastos?

—Tienes pensión. También puedes vender cosas que compraste y no necesitas.

—¿Me vas a dejar sin dinero?

—No. Voy a dejar de financiar una mentira.

Teresa comenzó a llorar.

Esta vez sin teatro.

O al menos Mariana ya no sabía distinguirlo.

—Después de todo lo que hice por ti…

Mariana cerró los ojos.

—No vuelvas a usar esa frase.

—¿Por qué?

—Porque ser mi madre no significa que tengas derecho a mi matrimonio.

Teresa se puso de pie furiosa.

—¡Pues vete con él! ¡A ver cuánto tarda en cansarse de ti cuando tenga problemas de verdad!

Javier apretó la mandíbula.

Mariana se secó las lágrimas.

—Ya se cansó.

El silencio regresó.

Ella miró la solicitud de divorcio.

—¿Ya está decidido?

Javier tardó en contestar.

—La llevaba en el coche desde hace una semana.

Mariana sintió que le faltaba el aire.

—Entonces el viaje era mi última oportunidad.

—Nuestra última oportunidad.

—¿Y si yo hubiera respetado tu condición?

Javier tragó saliva.

—Habría intentado todo por salvar esto.

Teresa hizo un gesto de desprecio.

—Un hombre que amenaza con divorcio no ama.

Javier la miró.

—Y una madre que simula estar muriendo para controlar a su hija, ¿sí?

Teresa no respondió.

Mariana se sentó frente a Javier.

—Yo quiero intentarlo.

Él cerró los ojos un instante.

Había esperado escuchar esas palabras durante años.

Pero ahora llegaban tarde.

O quizá no.

Ese era el problema.

—No sé si puedo —admitió.

—Dame tiempo.

—Te di años.

—Lo sé.

—Y cada vez elegiste el miedo.

Mariana asintió.

—Entonces no te voy a pedir que olvides nada.

Javier levantó la vista.

—¿Qué vas a hacer?

—Empezar terapia. Sola. Y después, si tú quieres, de pareja.

Teresa soltó una carcajada incrédula.

—¿Terapia? ¿Ahora resulta que estás loca?

Mariana se volvió hacia ella.

—No. Pero estoy enferma de culpa.

La frase dejó a Teresa sin palabras.

—Mañana cambias la cerradura —continuó Mariana—. Tú ya no vas a tener llave.