PARTE 1
—¿Otra vez me la vas a dejar? Tengo mi examen final en 2 días.
Natalia apenas alcanzó a terminar la frase cuando escuchó cómo la puerta de la casa se cerraba. Su hermana Verónica ya iba bajando las escaleras del edificio, dejando atrás a Sofía, su hija de 3 años, con una mochila rosa, una caja de colores y la absoluta seguridad de que alguien más resolvería su vida.
—Tu hermana está pasando por un momento difícil —dijo Elena, la madre de ambas—. Su divorcio fue horrible. Necesita distraerse, conocer gente, volver a sentirse mujer.
Natalia miró a su madre sin poder creerlo.
—¿Y mientras ella “vuelve a sentirse mujer”, yo tengo que convertirme en mamá?
Elena suspiró, tomó su bolso y se preparó para salir a trabajar.
—Es tu sobrina. La familia se ayuda.
Aquella frase se convirtió en una condena.
Durante los siguientes meses, Sofía apareció en casa cada vez con mayor frecuencia. Verónica avisaba 10 minutos antes, cuando avisaba. Natalia estudiaba Administración en la Universidad de Guadalajara y estaba a 3 meses de terminar la carrera, pero comenzó a escribir su tesis de madrugada porque durante el día tenía que preparar comida, poner caricaturas, recoger juguetes y cargar a una niña agotada que, por supuesto, no tenía ninguna culpa.
Natalia adoraba a Sofía. Lo que odiaba era que su cariño fuera utilizado como obligación.
Después apareció Mauricio.
Verónica juró que él era diferente.
Se casaron pocos meses después, tuvieron un niño llamado Emiliano y, durante un tiempo, Natalia creyó que finalmente podría recuperar su propia vida.
Duró menos de 1 año.
Mauricio tenía otra mujer.
Verónica volvió a casa de su madre llorando, con Sofía de una mano y Emiliano en brazos.
—Solo necesito unos días —prometió.
Los días se convirtieron en meses.
Natalia ya trabajaba en una empresa de logística y comenzaba a destacar, pero seguía recibiendo llamadas en plena oficina.
—¿Puedes recoger a Sofía?
—¿Puedes quedarte con Emiliano?
—¿Puedes venir? Tu hermana está destrozada.
Después Verónica conoció a Ricardo.
Otra boda.
Otro discurso sobre empezar de cero.
Natalia asistió sonriendo por compromiso, aunque una sensación incómoda no la abandonó durante toda la ceremonia.
Un año después, mientras almorzaba frente a su oficina, recibió una llamada de Elena.
—Nati… ¿estás sentada?
—Sí. ¿Qué pasó?
Su madre guardó silencio.
—Verónica está embarazada.
Natalia cerró los ojos.
—Bueno.
—Son gemelos.
El ruido del restaurante pareció apagarse.
Sofía. Emiliano. Y ahora 2 bebés más.
4 niños.
Natalia dejó caer el tenedor.
Y lo peor no era el embarazo.
Lo peor era que, antes de colgar, su madre pronunció exactamente la frase que Natalia llevaba años temiendo:
—Tenemos que pensar cómo vamos a ayudarla cuando nazcan.
Natalia sintió que algo dentro de ella finalmente se rompía.
Aquella noche tomaría una decisión que Verónica jamás imaginaría.
