ntht/ Humillé a mi marido durante meses llamándolo inútil, tortuga y bueno para nada porque siempre dejaba las reparaciones para después, mientras el vecino parecía capaz de hacerlo todo con sus propias manos. Ya había decidido que no quería seguir viviendo así y pensaba hablar de separación esa misma semana. Pero durante una cena escuché al vecino decirle a su esposa: “Tú no ganas dinero, así que aquí decido yo”…

PARTE 1

—¡Eres un inútil, Manuel! ¡Un día voy a terminar divorciándome de ti por flojo!

El grito de Laura se escuchó hasta la tienda de la esquina.

En aquella colonia tranquila de las afueras de Querétaro, casi todos conocían las discusiones del matrimonio. Dependiendo del error cometido, Manuel podía convertirse para su esposa en “burro”, “animal”, “tortuga” o “bueno para nada”.

Él, en cambio, jamás respondía con un insulto.

—¿Ya terminaste, conejita? ¿Quieres un café?

Eso enfurecía todavía más a Laura.

Cuando se casaron, 8 años atrás, ella presumía haber encontrado al hombre perfecto. Manuel era soldador en una fábrica de estructuras metálicas, no bebía, no fumaba, entregaba completo su salario y jamás desaparecía los fines de semana con amigos.

Pero tenía un defecto que con los años empezó a desesperarla: hacía todo con una lentitud insoportable.

—Las cosas no se van a ir corriendo —decía él—. Si hoy no se puede, mañana.

Laura era exactamente lo contrario.

Pintaba la casa, cortaba el pasto, arreglaba el jardín, movía muebles e incluso había aprendido a usar varias herramientas.

Una madrugada despertaron con un estruendo en la cocina.

Los azulejos que Manuel había colocado unas semanas antes se habían desprendido casi por completo.

Laura salió de la habitación furiosa.

—¡Te dije que contrataras a alguien! ¡Tienes dos manos de adorno!

Al día siguiente llamó a un albañil.

Tiempo después, Manuel olvidó cerrar el portón y una vaca escapada de un terreno cercano entró al jardín, destruyendo las flores que Laura cuidaba desde hacía meses.

A partir de entonces, su paciencia comenzó a desaparecer.

Y todo empeoró cuando llegó un nuevo vecino.

La casa abandonada de al lado había pertenecido durante décadas a don Pedro. Tras su muerte quedó vacía hasta que su nieto, Rodrigo, regresó del norte del país con su esposa, Sofía, y su hijo pequeño.

Rodrigo llegó manejando una camioneta nueva.

En pocas semanas comenzó a transformar aquella propiedad.

Levantaba muros.

Soldaba estructuras.

Reparaba instalaciones eléctricas.

Colocaba pisos.

Construía muebles.

Parecía incapaz de quedarse quieto.

Laura lo observaba desde su patio y sentía cómo crecía algo dentro de ella.

No era atracción.

Era resentimiento.

Cada vez que veía a Rodrigo trabajar mientras Sofía permanecía dentro de casa cuidando al niño, pensaba lo mismo:

“Eso debería hacerlo Manuel”.

Hasta que una tarde explotó.

—Mira a Rodrigo. Ese sí parece hombre. No como tú, que necesitas 3 domingos para cambiar una lámpara.

Manuel levantó la mirada del televisor.

Sonrió.

—Pues qué bueno por Rodrigo.

Laura apretó los dientes.

—Estoy hablando en serio. Estoy cansada de cargar sola con esta casa.

—Entonces descansa.

Aquella respuesta la hizo temblar.

—¡No entiendes nada! ¡Estoy pensando seriamente en divorciarme!

Por primera vez, Manuel dejó de sonreír.

Pero solo durante unos segundos.

Después suspiró.

—No te apresures, conejita. Divorciarnos también puede esperar.

Laura salió dando un portazo.

Esa noche fue a casa de Rodrigo y Sofía convencida de que allí encontraría la vida matrimonial que siempre había deseado.

Pero apenas cruzó aquella puerta escuchó una frase que le heló la sangre.

—¡Sofía, cállate! Aquí las decisiones las tomo yo.

Y Laura todavía no podía imaginar lo que descubriría durante aquella cena.

PARTE 2

Laura se quedó inmóvil en la entrada.

Sofía sonrió con nerviosismo.

—Pasa, Lau. Justo íbamos a cenar.

Rodrigo ocupaba la cabecera de la mesa como si estuviera presidiendo una junta.

Sofía apenas se sentó cuando él extendió la mano.

—La sal.

Ella se levantó inmediatamente.

—¿No puedes alcanzarla tú? —preguntó Laura, intentando bromear.

Rodrigo ni siquiera sonrió.

—Sofía sabe cómo me gustan las cosas.

A los pocos minutos volvió a ordenar:

—Esto está frío.

Después:

—Le falta chile.

Y luego:

—¿Dónde pusiste las servilletas?

Sofía corría entre la cocina y la mesa.

Cuando intentaba participar en la conversación, Rodrigo la interrumpía.

—Déjame hablar.

Laura comenzó a sentirse incómoda.

Había llevado una botella de vino y trató de cambiar de tema.

—Sofía me comentó que quieren comprar muebles nuevos.

Los ojos de ella se iluminaron.

—Sí, vi una sala color crema que me encantó y…

Rodrigo soltó una carcajada seca.

—Compraremos la que yo diga.

Sofía bajó la mirada.

—Solo estaba diciendo que…

—¿Tú vas a pagarla?

El silencio cayó sobre la mesa.

—Rodrigo… —murmuró ella.

—Entonces no empieces. Yo trabajo para que no te falte nada. Bastante tienes con cuidar al niño.

Laura sintió vergüenza ajena.

Minutos después, el pequeño Emiliano comenzó a llorar desde la habitación.

Sofía se levantó rápidamente.

Rodrigo ni siquiera volteó.

—Y dile que ya se duerma. Mañana tengo que trabajar temprano.

Cuando Sofía desapareció por el pasillo, Laura miró fijamente al hombre al que durante meses había utilizado para humillar a Manuel.

Ahora ya no veía al vecino trabajador.

Veía a un hombre que trataba a su esposa como empleada.

—¿Siempre le hablas así? —preguntó.

Rodrigo arqueó una ceja.

—¿Así cómo?

—Como si tuviera que pedirte permiso hasta para opinar.

Él sonrió.

—Cada matrimonio funciona diferente. Sofía sabe quién lleva los pantalones aquí.

Laura sintió un vacío en el estómago.

Recordó todas las veces que había insultado a Manuel porque nunca imponía su voluntad.

“Haz lo que quieras, conejita”.

“Compra lo que te guste”.

“Si estás cansada, descansa”.

Frases que hasta esa noche le parecían señales de indiferencia.

De repente empezaban a significar otra cosa.

Laura se levantó.

—Creo que mejor me voy.

Sofía regresó justo entonces.

Tenía los ojos húmedos.

—¿Ya?

—Sí.

Laura quiso abrazarla, pero Rodrigo estaba observándolas.

Antes de salir escuchó otra orden.

—Sofía, recoge las copas.

Laura caminó hasta su casa con el pecho apretado.

Al abrir la puerta encontró a Manuel en la cocina.

Había preparado té de canela, exactamente como a ella le gustaba.

—¿Dónde andabas, conejita?

Laura lo abrazó sin decir nada.

Manuel quedó rígido por la sorpresa.

Luego olió discretamente su cabello.

—A ver… sopla.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—¿Qué?

—Quiero saber si llevaste leche y regresaste con tequila.

Laura volvió a abrazarlo.

Por primera vez en mucho tiempo no estaba pensando en lo que Manuel no hacía.

Estaba pensando en todo lo que nunca le había hecho.

Pero aquella noche todavía faltaba una confesión de Sofía que cambiaría por completo la manera en que Laura veía su propio matrimonio.