ntht/ Mi suegra siempre empezaba a sentir dolor en el pecho, dificultad para respirar o decía que estaba “a punto de sufrir un derrame cerebral” justo cuando mi esposa y yo queríamos hacer algo que a ella no le gustaba. Incluso llegaba a desplomarse sobre el sillón con la presión arterial rozando los 200 y aseguraba que podía morir en cualquier momento.

PARTE 2

Javier miró a Mariana.

Ella estaba sentada en el sillón, pálida.

—¿Compraste su boleto?

—Javi…

—¿Lo compraste?

Mariana bajó la mirada.

—Sí.

El silencio fue brutal.

—Usé mis ahorros —agregó ella rápidamente—. También llamé a la agencia. Cambiaron la reservación a una habitación familiar. Mamá dijo que nos dará espacio.

Teresa levantó la barbilla.

—Yo ni estorbo. Con una camita extra tengo.

Javier sacó el celular.

Marcó.

—Raúl, buenas noches. Necesito que canceles la reservación completa de Los Cabos.

Mariana se puso de pie.

—¿Qué?

—Sí, toda. Recupera lo que se pueda. Lo demás que se pierda.

El sombrero de Teresa cayó al piso.

—Javier, no puedes hacer eso.

—Ya lo hice.

—¡Estás tirando dinero!

—No. Estoy pagando por salir de una cárcel.

Mariana se acercó temblando.

—¿Qué estás diciendo?

Javier la miró.

—Te advertí una sola cosa. Una. Y elegiste mentirme.

—¡Fue por mi mamá!

—Exactamente.

Entonces sacó del bolsillo una carpeta delgada.

La dejó sobre la mesa.

Mariana alcanzó a leer la primera línea.

Solicitud de divorcio.

Doña Teresa se llevó una mano al pecho.

—Ay… ahora sí me siento muy mal…

Javier ni siquiera la miró.

—Todavía no, señora Teresa. Primero Mariana necesita saber algo que yo descubrí esta mañana.

Su esposa levantó la vista.

—¿Qué cosa?

Javier abrió la carpeta.

Y lo que sacó de ahí hizo que incluso Teresa dejara de fingir su crisis.

Mariana comprendió que aquel viaje nunca había sido la verdadera prueba.

Y lo que Javier estaba a punto de mostrarles podía destruir mucho más que un matrimonio.

PARTE 3

Javier puso sobre la mesa 4 hojas impresas.

No eran documentos del divorcio.

Eran estados de cuenta.

Mariana los reconoció de inmediato porque pertenecían a una cuenta bancaria que había abierto años atrás junto con su madre.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó.

—Del correo que dejaste abierto en la computadora de la casa.

—¿Revisaste mis cosas?

—Buscaba la confirmación de la agencia porque algo no cuadraba.

Javier señaló una transferencia.

—Pero encontré esto.

Mariana miró la cantidad.

$38,000 pesos.

Después otra.

$22,500.

Otra más.

$17,000.

Durante casi 2 años, Mariana había enviado dinero a doña Teresa varias veces al mes.

No eran únicamente gastos médicos.

Había pagos de ropa, restaurantes, compras por internet, muebles, abonos de una tarjeta y hasta mensualidades de un automóvil que Javier creía que pertenecía a un primo de Teresa.

—Yo puedo explicarlo —murmuró Mariana.

—Eso espero.

Doña Teresa intentó levantarse.

—Yo no tengo por qué soportar este interrogatorio.

—Usted síéntese —dijo Javier—. Porque también encontré algo suyo.

Teresa se quedó inmóvil.

Javier deslizó otra hoja.

Era un comprobante de una clínica privada en Ciudad de México.

Mariana frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Un chequeo cardiológico completo.

Doña Teresa palideció.

—Eso fue hace mucho.

—Fue hace 4 meses.

Javier leyó lentamente:

—Presión controlada con medicamento. Electrocardiograma sin alteraciones relevantes. Sin evidencia de insuficiencia cardiaca. Recomendación: actividad física moderada, alimentación balanceada y seguimiento cada 6 meses.

Mariana miró a su madre.

—¿Tú fuiste a una clínica privada?

Teresa cruzó los brazos.

—Pues sí.

—¿Y no me dijiste nada?

—No tenía por qué alarmarte.

—¡Me llamaste llorando 3 días después diciendo que el doctor había dicho que podías morir de un infarto en cualquier momento!

—Los médicos se equivocan.

Javier soltó una risa breve y amarga.

—Curioso. Cuando un estudio dice que está bien, los médicos se equivocan. Cuando usted quiere algo, de pronto recuerda una frase que supuestamente dijo un especialista hace 10 años.

—¡No te permito que me hables así!

—¿Y yo debía permitir que destruyera mi matrimonio?

Teresa se levantó.

—Tu matrimonio estaba mal porque eres un egoísta.

—No, señora. Mi matrimonio estaba mal porque cada decisión tenía que pasar por usted.

Mariana comenzó a llorar.

—Ya basta.

Pero Javier llevaba años guardando palabras.

Y esa noche ya no quería tragarse ninguna.

—Cuando quise llevarte a Guadalajara para nuestro aniversario, tu mamá tuvo presión alta.

—Estaba enferma.

—Cuando te propusieron un ascenso que implicaba viajar 2 veces al mes, dijo que se sentía abandonada.

—Vivía sola.

—Cuando hablamos de tener hijos, te convenció de que primero debíamos mudarnos cerca de ella.

Mariana no respondió.

—Cuando mi papá estuvo hospitalizado en Querétaro y yo quise pasar una semana con él, tu mamá tuvo un ataque de ansiedad porque nadie podía llevarla al súper.

—Javier…

—Mi papá murió 12 días después.

La frase cayó como una piedra.

Mariana cerró los ojos.

Ella conocía ese recuerdo.

Javier había llegado a despedirse de su padre apenas unas horas antes de que muriera.

Y una parte de él nunca había perdonado haber perdido tiempo por una falsa emergencia de Teresa.

—Nunca me dijiste que todavía te dolía tanto —susurró Mariana.

—Porque cada vez que intentaba hablar de algo que me dolía, tú terminabas hablando de tu mamá.

Teresa bufó.

—Ahora resulta que yo tengo la culpa hasta de los muertos.

Javier la miró con una frialdad nueva.

—No. Usted tiene la culpa de usar la enfermedad como herramienta.

—¡Soy hipertensa!

—Yo nunca dije que no lo fuera. Dije que aprendió a convertir cualquier síntoma en una cadena.

Mariana se sentó.

Parecía derrotada.

—¿Y el viaje? —preguntó—. ¿Todo esto era una prueba?

Javier tardó unos segundos en responder.

—No quería que fuera una prueba.

—Pero lo fue.

—Quería tener 2 semanas contigo. Sin teléfonos. Sin gritos. Sin tu mamá entrando en cada conversación. Quería recordar por qué nos casamos.

Mariana lloró en silencio.

Habían pasado 8 años desde su boda.

Al principio habían sido felices.

Rentaban un pequeño departamento en la colonia Narvarte, comían tacos en la calle a medianoche, discutían por tonterías y se reconciliaban riéndose.

Entonces Teresa enviudó.