PARTE 1
—¿De verdad Mauricio eligió casarse con una mujer como tú? —dijo mi suegra, mirándome como si yo fuera un error que su hijo llevaba siete años sin corregir.
Aquella frase no fue la primera ofensa de Teresa, pero sí fue la noche en que empecé a preguntarme cuánto tiempo más estaba dispuesta a soportarla.
Dos días antes, mi esposo había llegado emocionado a nuestro departamento en Ciudad de México.
—¡Por fin cerramos lo de la casa de descanso! —anunció Mauricio—. Ya es nuestra.
La casa estaba en Morelos, rodeada de árboles, con un jardín enorme y una terraza que yo llevaba meses imaginando llena de plantas. Mauricio había puesto parte del dinero, sí, pero casi el setenta por ciento había salido de mis ahorros.
Teresa, por supuesto, escuchó otra historia.
—¡Qué orgullo, hijo! Una casa para que descanses con tu familia. Siempre has sido tan responsable.
Yo estaba ahí, sosteniendo una bolsa de verduras que ella acababa de traer, esperando inútilmente que Mauricio mencionara mi aportación.
No lo hizo.
No porque quisiera adjudicarse el mérito. Simplemente conocía a su madre y sabía que cualquier aclaración terminaría en discusión.
Durante la comida, Teresa criticó los platos, la sopa, el mantel inexistente porque nuestra mesa era de vidrio y hasta el panqué de naranja que yo había horneado.
—Está un poco seco.
Mauricio probó otro pedazo.
—A mí me encanta.
Aquello le molestó más que cualquier respuesta mía.
Al día siguiente Mauricio llevó a nuestro hijo Diego y a mí a la casa de Morelos. Él debía regresar a trabajar a la ciudad, así que nosotros pasaríamos unos días allá mientras yo acomodaba todo.
Fue maravilloso.
Diego corrió por el jardín, encontramos un sendero cerca de la propiedad y pasamos la tarde limpiando, organizando habitaciones y poniendo flores silvestres sobre la mesa de la terraza.
Hasta que, al anochecer, escuché un automóvil frente al portón.
—¡Ana! ¡Ábreme!
Sentí que se me cerraba el estómago.
Era Teresa.
Nadie la había invitado.
—Mauricio me dijo que estaban aquí —explicó entrando con una maleta—. Vine a ver que todo esté bien. Somos familia, ¿no?
Más tarde, mientras Diego buscaba un cuento para dormir, Teresa observó la terraza y frunció los labios.
—Ni siquiera me preguntaste si tengo hambre.
—No sé leer la mente, Teresa. Hay comida en el refrigerador.
—Una buena anfitriona no necesita que se lo pidan.
Me levanté.
—Voy a bañar a Diego y acostarlo.
Entonces la escuché murmurar:
—De verdad no entiendo qué vio mi hijo en ti.
Decidí no responder.
Esa noche todavía lavé los platos que ella había dejado en el fregadero y preparé algunas cosas para el desayuno.
Pensé que lo peor había pasado.
A las cinco de la mañana, unos golpes violentos contra mi puerta me despertaron.
—¡Ana! ¡Levántate!
Abrí sobresaltada.
Teresa estaba frente a mí, furiosa.
—¿Qué pasa?
Ella cruzó los brazos.
—¿Cómo que qué pasa? Son las cinco y todavía no está listo mi desayuno. Yo aquí soy invitada. Baja a cocinarme.
Y mientras la miraba en silencio, entendí que aquella mujer acababa de cruzar una línea que yo ya no estaba dispuesta a volver a mover.
