PARTE 3
Dentro había varias fotocopias: escrituras, recibos bancarios y documentos notariales.
—¿Qué es esto?
Javier se sentó.
—Los papeles de la casa de mis abuelos en Zapopan.
Teresa se quedó inmóvil.
Laura conocía aquella historia.
Los abuelos de Javier habían muerto con pocos meses de diferencia cuando él tenía 22 años. Teresa siempre había contado que habían dejado deudas y que la pequeña propiedad familiar se vendió para cubrirlas.
Javier había aceptado esa versión durante décadas.
Hasta 3 semanas atrás.
—Fui con un notario por un trámite del terreno de aquí —explicó—. Salió el nombre del abuelo. Una cosa llevó a otra y pedí revisar los antecedentes.
Patricia recorrió los documentos.
—No entiendo.
—La casa no estaba endeudada.
Teresa apretó los labios.
—Había gastos.
—No suficientes para venderla.
—Tú no sabes lo que costó cuidar a tus abuelos.
—Sé cuánto se recibió por la venta.
Patricia levantó la vista.
—¿Cuánto?
Javier mencionó una cantidad que, para aquella época, había sido considerable.
Laura sintió que el ambiente cambiaba por completo.
Patricia miró otra hoja.
—Pero aquí aparece una transferencia.
—Sí.
—A nombre de…
Se detuvo.
Teresa cerró los ojos.
—A tu nombre —terminó Javier.
Patricia dejó los papeles sobre la mesa.
—¿Mío?
—Mamá usó una parte importante del dinero para pagar el enganche del departamento donde tú viviste durante la universidad.
Patricia miró a su madre.
—Mamá…
—Yo quería ayudarte.
—¿Con dinero de los abuelos?
—Era dinero de la familia.
Javier soltó una carcajada amarga.
—Familia. Qué palabra tan cómoda cuando la administras tú.
Teresa lo señaló.
—También gasté en ti.
—Sí. Pagaste una parte de mi inscripción en la universidad pública. Yo cubrí libros, transporte y colegiaturas trabajando de noche.
—Porque querías trabajar.
—Porque me dijiste que no había dinero.
La frase cayó como una piedra.
Laura vio cómo su esposo apretaba los puños.
Ahora comprendía muchas cosas.
Javier casi nunca hablaba de su juventud.
Solo decía que había aprendido pronto a no pedir.
A los 16 trabajaba los fines de semana en un taller.
A los 18 vendía refacciones.
Durante la universidad cargó cajas en una bodega y después entró a una constructora.
Siempre había contado su historia como si fuera motivo de orgullo.
Y lo era.
Pero aquella noche Laura entendió que detrás de ese orgullo existía una herida.
Javier no había aprendido a ser independiente porque su familia no tuviera recursos.
Lo había aprendido porque los recursos se dirigían siempre hacia otra persona.
—No sabía esto —murmuró Patricia.
Javier la miró.
—Te creo.
Teresa reaccionó de inmediato.
—¿Ahora me van a juzgar por ayudar a mi hija? Ella necesitaba apoyo. Patricia era brillante, tenía oportunidades.
—¿Y yo qué era? —preguntó Javier.
Teresa abrió la boca.
No salió nada.
Javier insistió:
—Dímelo. Quiero escucharlo.
—No tergiverses las cosas.
—¿Qué era yo?
La mujer se cruzó de brazos.
—Tú siempre fuiste más fuerte.
Javier sonrió con tristeza.
—Ahí está.
Laura sintió que se le cerraba la garganta.
—A Patricia había que cuidarla —continuó Teresa—. Era sensible. Tú podías defenderte solo.
—Tenía 16 años.
—Y ya eras responsable.
—Tenía 16 años, mamá.
Esta vez Javier casi susurró.
—Cuando Patricia quería algo, tú buscabas cómo conseguirlo. Cuando yo quería algo, me explicabas por qué debía ganármelo.
Teresa negó con la cabeza.
—Yo los eduqué diferente porque eran diferentes.
—No. Nos quisiste diferente.
Silencio.
Patricia empezó a llorar.
—Javier…
—No te estoy culpando a ti.
—Pero yo no sabía…
—Ya dije que te creo.
Patricia miró a su madre.
—¿Por qué nunca me dijiste de dónde salió el dinero del departamento?
Teresa endureció la expresión.
—Porque no tenía por qué darte explicaciones.
Aquello terminó de destruir cualquier posibilidad de calma.
Javier se puso de pie.
—Exactamente. Nunca le debes explicaciones a nadie. Decides quién merece, quién no, quién recibe, quién agradece las sobras.
Miró el calendario publicitario que Mateo había dejado en una silla.
Lo levantó.
—Y hoy hiciste exactamente lo mismo.
Teresa resopló.
—¡Por Dios, Javier! ¡Estamos hablando de un calendario!
—No.
Javier desenrolló el papel y lo extendió sobre la mesa.
—Estamos hablando de esto.
Puso un dedo sobre el calendario.
—Renata recibe unos aretes de oro porque “una niña debe acostumbrarse al lujo”.
Movió el dedo hacia el pasillo por donde había salido Mateo.
—Y mi hijo recibe algo que te dieron gratis porque, según tú, “para él basta”.
Después se señaló a sí mismo.
—Patricia recibió universidad, departamento, ropa nueva, ayuda para su boda.
Luego golpeó suavemente el papel.
—Y yo recibí la misma frase durante toda mi vida: “Tú puedes arreglártelas solo”.
Teresa palideció.
Patricia se sentó lentamente.
Javier respiró hondo.
—El calendario no vale nada. Por eso importa tanto.
Nadie respondió.
—Si hubieras comprado 2 dulces de 20 pesos y les hubieras dado uno a cada niño, yo habría estado feliz. Si no hubieras dado regalos, tampoco pasaba nada. Esto no es dinero.
Miró directamente a su madre.
—Es desprecio.
Teresa cambió de estrategia.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Después de cargar contigo 9 meses…
Laura vio cómo Javier bajaba la cabeza.
Durante años esa frase lo había detenido.
Aquella noche no.
—Y te lo agradezco —respondió—. Pero haberme dado la vida no te da derecho a humillar a mi hijo.
—Yo no lo humillé.
Desde el pasillo llegó una voz pequeña.
—Sí me dio vergüenza.
Todos voltearon.
Mateo estaba parado junto a la puerta del comedor.
No lloraba.
Solo sostenía sus manos frente al cuerpo.
Laura caminó hacia él inmediatamente.
—Mi amor, ve a tu cuarto, por favor.
Pero Mateo miró a su padre.
—No pasa nada, papá.
Aquello fue peor.
Javier tragó saliva.
—Claro que pasa.
—Yo no quería los aretes —dijo Mateo con una sonrisa tímida.
Patricia soltó una especie de sollozo.
Hasta Javier sonrió apenas.
—Ya sé, campeón.
—Pero pensé que la abuela no me quería.
Teresa se puso rígida.
Laura abrazó a su hijo por los hombros.
—Eso no es verdad.
Javier no dijo nada.
Mateo continuó:
—Porque a Renata siempre le trae cosas. En Navidad también.
Javier miró a su madre.
—¿Qué pasó en Navidad?
Laura cerró los ojos.
Ella sí lo sabía.
El año anterior Teresa había regalado a Renata una tableta electrónica.
