PARTE 1
—Si no pueden mantener a ese bebé, no sé para qué decidieron tenerlo. Y no esperen que yo los mantenga a los 3.
A sus 24 años, Patricia creyó que ya conocía todas las formas en que su madre podía hacerla sentir pequeña. Aquella noche descubrió una nueva.
Graciela había sido una mujer difícil toda la vida. No necesitaba gritar para herir; le bastaba una frase dicha mientras servía café o doblaba una toalla. Patricia había pasado buena parte de su infancia con su abuela porque su madre siempre estaba trabajando, saliendo con alguien o intentando empezar otra vida.
Aun así, cuando Patricia quedó embarazada y Javier perdió el empleo en el pequeño taller donde trabajaba en San Luis Potosí, Graciela les ofreció mudarse temporalmente a Saltillo.
—Aquí hay industria de sobra. Javier encontrará algo. Pueden quedarse conmigo mientras se acomodan.
Parecía una oportunidad.
Gastaron casi todos sus ahorros en la mudanza.
A la semana, Graciela señaló un pequeño espacio dentro del refrigerador.
—Ese estante es de ustedes.
Patricia la miró confundida.
—Mamá, todavía no tenemos dinero para comprar despensa.
—Pues Javier lleva 3 días buscando trabajo. ¿Qué espera? ¿Que yo le consiga también el sueldo?
Javier apretó la mandíbula.
Ese mismo día le llamaron de una planta de autopartes. Había conseguido empleo en mantenimiento.
Patricia pensó que por fin podrían respirar.
Un mes después nació Mateo.
Durante 2 días, Graciela presumió al nieto, compró una cobijita azul y hasta tomó fotografías para mandarlas a toda la familia.
La tercera noche, el bebé lloró durante horas.
—¡Ya cállenlo! —gritó Graciela desde su habitación—. ¡Mañana trabajo!
Patricia, agotada, trataba de amamantarlo mientras lloraba en silencio.
—Tal vez no me sale suficiente leche.
Graciela apareció en la puerta.
—A ustedes siempre les falta algo. Dinero, sentido común, preparación…
Javier tomó al pequeño, lo envolvió bien y salió a caminar con él por el patio y la calle para que Patricia pudiera descansar.
Al día siguiente fue a trabajar prácticamente sin dormir.
Durante meses soportaron aquello porque no tenían otra opción.
Hasta que una tarde decidieron arreglar la pequeña habitación donde dormían los 3.
Compraron papel tapiz sencillo, unas cortinas claras y pintura con parte del primer bono de Javier. No tocaron ninguna otra habitación.
Cuando Graciela regresó, Patricia esperaba, ingenuamente, que sonriera.
Su madre se quedó inmóvil frente a la puerta.
—¿Quién les dio permiso?
—Sólo quisimos hacerla más bonita.
—¿Bonita? ¿Mi casa estaba fea?
—No dije eso.
Graciela arrancó con las uñas una esquina del papel recién colocado.
—Se están sintiendo dueños.
Javier dio un paso al frente.
—Doña Graciela, nosotros pagamos todo. Cuando juntemos para una renta nos vamos.
—No.
Graciela abrió el clóset y comenzó a sacar ropa.
—Se van hoy.
Patricia creyó que estaba amenazándolos.
Hasta que una bolsa con ropa cayó al pasillo.
—Mamá, afuera hace muchísimo frío. Mateo tiene apenas unos meses.
—Busquen un hotel.
—¡No tenemos dinero para un hotel!
—Entonces vayan con amigos.
Patricia abrazó a su hijo.
—¿De verdad vas a sacar a tu propia hija con un bebé por unas cortinas?
Graciela la miró sin pestañear.
—Mi casa, mis reglas.
Algo se rompió dentro de Patricia.
—Por eso nunca sentí que fueras mi mamá. Me dejabas meses con mi abuela mientras tú arreglabas tu vida. Y ahora haces lo mismo con tu nieto.
Graciela tomó otra bolsa.
—Después de todo lo que hice por ustedes, todavía eres capaz de hablarme así.
Javier ya no discutió. Empacó lo indispensable, cargó las bolsas y tomó a Patricia del brazo.
Terminaron sentados en las escaleras del edificio, con Mateo envuelto entre 2 cobijas y Patricia llorando contra el hombro de su marido.
Un compañero de Javier los recibió esa noche.
Después encontraron un cuarto pequeño en casa de una viuda que les cobró poco y jamás se quejó cuando Mateo lloraba.
Con los años, Javier consiguió estabilidad. Tramitaron un crédito, compraron una casa modesta y tuvieron una segunda hija, Sofía.
Mucho después, una oportunidad laboral los llevó a Mérida.
Por primera vez, Patricia sintió que estaban suficientemente lejos.
Se equivocaba.
Porque 14 años después de aquella noche, Graciela apareció frente a su casa sin avisar, con 2 maletas enormes.
Y antes de que Patricia pudiera preguntarle qué hacía allí, su madre sonrió y anunció:
—Vine a buscar casa. Me voy a mudar aquí para estar cerca de ustedes.
Patricia sintió exactamente el mismo frío de aquella escalera en Saltillo.
Y todavía no sabía que esa visita terminaría con sus hijos mirando un plato sobre la mesa y preguntándose qué demonios había intentado darles de comer su propia abuela.
