PARTE 2
En la hoja había una lista de medicamentos con nombres que Angélica apenas reconocía, pero junto a ellos alguien había escrito a mano: “1 cada 48 horas”, “subir dosis después de 3 semanas” y “no mezclar con análisis de sangre recientes”.
Buscó los nombres en internet.
Dos podían provocar alteraciones severas en la presión. Otro, administrado sin control médico, era especialmente peligroso en personas mayores con antecedentes cardiacos.
Su padre, don Ernesto, tenía 72 años.
Y desde hacía un mes se quejaba de mareos.
Angélica encerró el papel en el cajón de su escritorio y fingió normalidad cuando Mauricio salió de bañarse.
—¿Todo bien? —preguntó él, besándola en la frente.
—Perfecto.
Pero esa madrugada ella no durmió.
A la mañana siguiente llamó a Fernando Rivas, amigo de su padre y exinvestigador de la Fiscalía de la Ciudad de México. Fernando la escuchó sin interrumpir.
—No lo enfrentes —le advirtió—. Y no hagas ninguna acusación todavía. Si Valeria escuchó bien, necesitamos pruebas que aguanten una investigación real.
Ese mismo día, Angélica llevó a don Ernesto a una clínica privada con el pretexto de un chequeo general.
Los resultados preocuparon al cardiólogo.
—Hay rastros de una sustancia que él no debería estar consumiendo.
Angélica sintió que se le helaban las manos.
—¿Podría haberla tomado sin saberlo?
—Sí.
Entonces recordó algo.
Durante las últimas semanas, Mauricio había insistido en prepararle personalmente a don Ernesto una infusión “natural” cada vez que visitaba la casa familiar.
Fernando contactó a la Fiscalía y, con los datos médicos y la hoja encontrada, se abrió una investigación reservada. Mauricio comenzó a ser vigilado.
3 días después, Fernando llamó.
—Tu esposo se reunió 2 veces con Ricardo Beltrán.
Angélica conocía perfectamente ese nombre. Beltrán era dueño de una empresa competidora que llevaba años intentando comprar la compañía de su familia.
—Mi papá lo rechazó el año pasado.
—Hay más —dijo Fernando—. Mauricio tiene deudas que superan los 4 millones de pesos.
A Angélica se le revolvió el estómago.
Aquella noche, Mauricio llegó con flores.
Peonías. Sus favoritas.
—Te noto distante —dijo él—. ¿Ya no confías en mí?
Angélica sostuvo su mirada y sonrió.
—Claro que confío en ti.
En ese instante, el teléfono de Mauricio vibró sobre la mesa.
La pantalla se encendió apenas 2 segundos.
Pero fueron suficientes para que Angélica leyera el mensaje:
“Ya conseguí lo de mañana. Esta vez el viejo no se levanta.”
Y quien lo había enviado no era Ricardo Beltrán.
Era alguien de su propia familia.
