ntht/ Mi familia política llegó con maletas y anunció que pasaría todo el verano en mi casa sin siquiera preguntarme, mientras ocupaban habitaciones, guardaban ropa y se llevaban las verduras que yo había cultivado durante meses. No discutí y fingí aceptar que “todo era de la familia”. Pero justo cuando iban a instalar el asador otra vez, puse sobre la mesa una carpeta con los gastos de mantenimiento… y la cifra de 32 mil pesos hizo que todos dejaran de sonreír.

PARTE 1

—Ya decidimos que este verano vamos a vivir aquí. Total, la casa está demasiado grande para ustedes dos.

Mi cuñada Patricia soltó aquella frase mientras entraba a mi casa de campo cargando tres maletas, como si yo hubiera sido la encargada de recepción de un hotel familiar.

Detrás venía mi suegro, don Ernesto, con una hielera enorme. Mi cuñado Raúl bajaba del coche un asador nuevo, dos cajas de cerveza y hasta una bocina.

Mi esposo, Daniel, dejó el martillo sobre la mesa del porche.

—Esta casa es de Laura —dijo con firmeza—. Se la dejó su tía. Nadie los invitó a quedarse.

Patricia sonrió como si él hubiera hecho un chiste.

—Ay, Dani, no exageres. Somos familia.

La casa me la había heredado mi tía Elena dos años antes. Cuando la recibí, el techo tenía filtraciones, la bomba de agua fallaba y el terreno parecía selva. Daniel y yo usamos ahorros, fines de semana y vacaciones para arreglarla. Pintamos, cambiamos tuberías, levantamos un pequeño invernadero y sembramos jitomate, chile, calabaza, pepino y hierbas.

Curiosamente, mientras la casa estaba hecha un desastre, nadie quería visitarnos.

En cuanto quedó bonita, todos descubrieron cuánto nos “extrañaban”.

Don Ernesto caminó por el pasillo y abrió una puerta.

—Yo me quedo en este cuarto. Tiene vista al limonero.

—No se va a quedar nadie —repitió Daniel.

Mi suegro ya estaba acomodando su sombrero sobre una silla.

Pensé que sería una visita de una tarde.

Me equivoqué.

A la semana siguiente comenzaron a llegar sin avisar. El sábado abrimos los ojos y Patricia ya estaba tomando café en nuestra terraza. Otro domingo, Raúl había instalado el asador junto al huerto y tenía invitados que yo ni conocía.

Luego encontré ropa de Patricia dentro de mi clóset.

—Para no andar cargando cada fin de semana —me explicó—. Déjame dos cajones, ¿sí?

Yo la miré sin saber si reírme o gritar.

Pero lo peor ocurrió una mañana.

Salí al huerto y descubrí que habían arrancado varias plantas de jitomate que llevaba meses cuidando.

Don Ernesto estaba ahí con una pala.

—Te hice un favor —dijo orgulloso—. Estaban muy separadas. Planté calabaza entre ellas para aprovechar mejor la tierra.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Daniel salió detrás de mí.

—Papá, ¿quién te dio permiso de tocar esto?

Don Ernesto frunció el ceño.

—¿Permiso? No sean ridículos. Si esto ya es prácticamente la casa de verano de la familia.

Y Patricia, desde la terraza, levantó su taza y añadió:

—Además, Laura debería agradecer que venimos. Una propiedad sola se echa a perder.

Ese día entendí algo que todavía me cuesta creer: ellos ya no estaban visitando mi casa.

En su cabeza, se la habían repartido.