ntht/ Mi padre llevaba semanas enfermándose y todos me repetían que eran achaques normales de la edad, mientras mi esposo insistía en prepararle personalmente sus bebidas. Yo estaba a punto de dejar de preocuparme cuando una niña a la que apenas conocía apareció frente a mí, pálida y temblando, y dijo: “No deje que su padre tome nada que él le dé”. Después salió corriendo…

PARTE 1

—Ojalá hubieras muerto tú y no mi hija.

Valeria tenía 12 años la primera vez que su abuela se lo dijo mirándola a los ojos, pero ya llevaba mucho tiempo sintiéndose culpable por existir. Su madre había muerto poco después de traerla al mundo y doña Ofelia, atrapada entre el alcohol y el rencor, convirtió a la niña en el recordatorio viviente de todo lo que había perdido.

Por eso Valeria aprendió a desaparecer.

Salía temprano del pequeño departamento en Iztapalapa y volvía cuando la televisión ya estaba encendida y su abuela apenas podía sostenerse en pie. Faltaba demasiado a la escuela, comía cuando podía y, durante la primavera, recorría terrenos abandonados y jardines descuidados para cortar flores silvestres. Luego armaba ramos con listones usados y tomaba el Metro hasta la zona de Santa Fe, donde los vendía cerca de edificios de oficinas.

Ahí conoció a Angélica Salgado.

Angélica tenía 39 años, dirigía junto con su padre una empresa de logística y siempre compraba un ramo sin regatear. A veces pagaba 200 pesos por flores que Valeria ofrecía en 80. Pero lo que más desconcertaba a la niña era que aquella mujer le preguntaba si había desayunado, cómo iba en la escuela y si necesitaba algo.

Nadie le preguntaba esas cosas.

Una tarde apareció Mauricio, el esposo de Angélica. Bien vestido, sonrisa impecable, reloj carísimo.

—¿Otra vez comprándole flores a esa niña? —dijo con fastidio—. Amor, hay florerías decentes a 2 calles.

Valeria no respondió, pero sintió un escalofrío.

Días después, una tormenta la obligó a refugiarse dentro de una casita de madera en un parque de la colonia. Estaba leyendo cuando escuchó voces detrás de unos arbustos.

Una era de Mauricio.

—Ernesto no me suelta un peso —gruñó—. Mientras ese viejo siga vivo, Angélica jamás tendrá control total de la empresa.

El otro hombre soltó una risa baja.

—Entonces no tiene por qué seguir vivo tanto tiempo.

Valeria dejó de respirar.

Oyó hablar de medicamentos, dosis pequeñas, mareos, problemas cardiacos y una muerte que parecería natural. Mauricio guardó un papel en el bolsillo del pantalón.

—Cuando Angélica herede, yo la haré vender —dijo—. Y después me largo.

La niña esperó hasta que ambos se fueron. Tenía miedo de acudir a la policía. ¿Quién creería a una niña que vendía flores en la calle?

Así que buscó a Angélica durante 3 horas frente a su oficina.

Cuando por fin la vio, corrió hacia ella.

—Señora Angélica… hoy no vengo a venderle nada.

—¿Qué pasa, Vale?

Valeria tragó saliva.

—Lave usted misma los pantalones de su marido. Revise los bolsillos. Y, por favor… no deje que su papá coma ni tome nada que Mauricio le dé.

Luego salió corriendo.

Esa noche, Angélica metió la mano en el bolsillo de un pantalón de Mauricio.

Sacó una hoja doblada.

La abrió.

Y sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…