ntht/ Mi padre llevaba semanas enfermándose y todos me repetían que eran achaques normales de la edad, mientras mi esposo insistía en prepararle personalmente sus bebidas. Yo estaba a punto de dejar de preocuparme cuando una niña a la que apenas conocía apareció frente a mí, pálida y temblando, y dijo: “No deje que su padre tome nada que él le dé”. Después salió corriendo…

PARTE 3

Angélica sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

El mensaje provenía de Gabriel Salgado, su primo hermano y director financiero de la empresa.

Durante años, Gabriel había sido casi un hijo para don Ernesto. Había estudiado gracias a él y era una de las pocas personas autorizadas para revisar cuentas y movimientos internos.

Mauricio tomó el teléfono antes de que ella pudiera leer algo más.

—¿Qué pasó? —preguntó.

—Nada. Me acordé de una llamada pendiente.

Angélica fue al baño y escribió a Fernando con las manos temblorosas:

“Gabriel está metido.”

La respuesta llegó enseguida:

“No cambies nada. Mañana nadie toma ni come nada preparado por Mauricio o Gabriel. Ya avisé al fiscal.”

A la mañana siguiente, don Ernesto tenía una comida privada en su casa de Lomas de Chapultepec. Mauricio había insistido en asistir para “reconciliarse” con él. Gabriel también estaría presente para revisar documentos financieros.

Fernando había pedido que no cancelaran. La Fiscalía necesitaba observar.

Cuando llegaron, don Ernesto estaba leyendo el periódico.

—Llegaron temprano —dijo.

Mauricio sonrió.

—Quiero portarme bien con mi suegro.

—Eso sí sería novedad.

Gabriel apareció 20 minutos después con una carpeta y una botella de mezcal.

—Para celebrar que la familia sigue unida.

Angélica lo vio abrazar a su padre y sintió náuseas. ¿Cómo podía alguien abrazar a un hombre mientras ayudaba a planear su muerte?

Durante la comida, Mauricio fue a la cocina.

—Voy a preparar el té de don Ernesto.

Regresó minutos después y dejó una taza frente a él.

—Sin azúcar, como siempre.

Don Ernesto estiró la mano.

—Papá —intervino Angélica—, espera.

Tomó la taza antes que él.

—Esta no.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Qué te pasa?

—Dije que esta no.

Gabriel dejó de sonreír.

En ese momento sonó el timbre.

Fernando entró acompañado por 2 agentes de investigación y un representante de la Fiscalía.

—Señor Mauricio Cárdenas, apártese de la mesa.

—¿Qué clase de circo es este?

Un agente tomó la taza con guantes y la guardó como evidencia.

Mauricio miró a Angélica y comprendió.

—Tú revisaste mis cosas.

Gabriel se levantó.

—Yo no tengo nada que ver con esto.

Fernando lo miró fijamente.

—Nadie había mencionado su nombre.

Gabriel se quedó inmóvil.

Fue el error que terminó de hundirlo.

La investigación reveló que la taza contenía una sustancia capaz de provocar una crisis grave en un hombre con el historial médico de don Ernesto. En el departamento de Mauricio encontraron cajas de medicamentos, recibos y un segundo teléfono.

Ahí estaban las conversaciones con Gabriel y Ricardo Beltrán.

El plan era más amplio de lo que Angélica imaginaba.

Mauricio tenía deudas millonarias y sabía que don Ernesto jamás le permitiría controlar la empresa. Ricardo quería comprar la compañía familiar, pero don Ernesto se negaba. Gabriel, además, llevaba casi 2 años desviando dinero de varias cuentas. Cuando supo que habría una auditoría externa, entró en pánico.

Los 3 tenían motivos distintos y el mismo obstáculo.

Don Ernesto.

Si él moría, Angélica heredaría la mayoría de las acciones. Mauricio pensaba presionarla para vender. Gabriel esperaba borrar el rastro de sus desvíos y Ricardo compraría la empresa por debajo de su valor.

—¿Y yo? —preguntó Angélica cuando Fernando le mostró los mensajes—. ¿Qué iban a hacer conmigo?

Fernando guardó silencio unos segundos.

—Mauricio escribió que te llevaría fuera de México después de la venta. Si te negabas, planeaba hacerte parecer inestable y buscar control sobre tus decisiones financieras.

Angélica cerró los ojos.

El hombre que cada noche le decía “te amo” ya había planeado una vida en la que ella ni siquiera tendría voz.

Lo peor era recordar cómo había regresado Mauricio a su vida. Habían sido novios brevemente cuando eran jóvenes y, después de casi 18 años sin verse, él apareció de nuevo en una exposición empresarial con las mismas peonías que ella adoraba. Le habló de destinos, segundas oportunidades y del amor que “nunca había olvidado”.

Angélica, divorciada y cansada de vivir únicamente para el trabajo, quiso creer que la vida le devolvía algo bueno.

Don Ernesto nunca confió en él.

—Ese hombre te estudia más de lo que te quiere —le había dicho.

Angélica se enojó entonces.

Ahora cada recuerdo romántico parecía una pieza de un plan que había comenzado mucho antes de la boda.

Don Ernesto estaba sentado cerca de la ventana.

—Te advertí que ese hombre escondía algo —dijo.

Angélica bajó la mirada.

—Lo sé.

Él se acercó y la abrazó.

—Pero no te lo digo para tener razón. Debí insistir más. Pensé que respetar tu felicidad significaba quedarme callado.

—Yo también quise ver solamente lo que me convenía.

El proceso legal destrozó a la familia. Gabriel terminó admitiendo parte de lo ocurrido, y su madre llamó a Angélica llorando.

—Es tu primo. Crecieron juntos. No puedes dejar que lo metan a prisión.

—Tía, intentó matar a mi papá.

—Cometió un error.

—Un error es firmar donde no debías. Preparar una muerte durante meses no es un error.