ntht/ Mi esposo vio mi coche destrozado después de una tormenta y, en lugar de llamar para saber si seguía viva, recogió la mochila donde estaban mis documentos y regresó tranquilamente a casa. Yo creía que alguien desconocido me había robado y estaba a punto de bloquear todo para iniciar el divorcio… hasta que entré en silencio en mi apartamento y escuché a mi suegra decir: “Si está grave, tenemos tiempo; si murió, él hereda”.

PARTE 3

Mariana permaneció inmóvil detrás del muro que separaba el pasillo de la cocina.

Podía escuchar hasta el tintineo de una cucharita dentro de una taza.

—Yo no me voy a regresar a vivir contigo y con papá —decía Sergio—. Esa es la única cosa que tengo clara.

—Entonces deja de ponerte nervioso —respondió Graciela—. Para mañana tendremos todo preparado.

La tercera mujer suspiró.

—Yo acepté porque dijiste que me pagarían bien. Pero si esto sale mal, ustedes no me conocen.

Mariana se asomó apenas.

Reconoció a aquella mujer después de unos segundos. Era Patricia, una conocida de juventud de Sergio. Tenía una edad similar a la suya, cabello oscuro y una complexión parecida.

Sobre la mesa estaban su INE, su pasaporte y varias hojas con su firma.

—Con el cabello recogido se parece bastante —dijo Graciela—. El gestor dijo que puede ayudarnos con el trámite, pero tenemos que llevar todo bien preparado.

—Mamá, no hables como si esto fuera tan sencillo —murmuró Sergio.

—¿Y qué propones? ¿Esperar a que tu mujer regrese con su abogada y te saque a patadas? Te casaste con una mujer que tenía departamento, buen sueldo y estabilidad. Por una vez en tu vida elegiste bien y ahora vas a dejar que todo se pierda.

Mariana apretó el teléfono con tanta fuerza que le dolieron los dedos.

Aquello fue peor que cualquier insulto.

Sergio no respondió inmediatamente.

Y ese silencio fue suficiente.

—Además —continuó Graciela—, vimos cómo quedó su coche. Puede estar internada. Ni siquiera sabemos si está consciente.

—Pudimos haber llamado a hospitales —dijo Sergio.

—¿Para qué? Si está bien, tarde o temprano aparecerá. Si está grave, tenemos tiempo. Y si ocurrió algo peor…

Graciela dejó la frase suspendida.

Patricia fue quien terminó de decirlo:

—Entonces heredas.

Mariana sintió náuseas.

No habían buscado saber si estaba viva.

Habían visto su automóvil accidentado, habían recogido su mochila y habían regresado directamente al departamento para estudiar cómo quedarse con él. La escena seguía el mismo núcleo de traición del relato original: tras hallar el vehículo destrozado y apropiarse de los documentos personales, el esposo y su madre empiezan a planear cómo disponer de la vivienda de ella.

Mariana dejó que la grabación continuara unos segundos más.

Luego entró en la cocina.

—Buenas tardes.

Los tres se quedaron petrificados.

Sergio palideció.

Graciela abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella.

Patricia fue la primera en levantarse.

—Yo… creo que mejor me voy.

—Tú te sientas —dijo Mariana.

Su propia voz la sorprendió. No gritaba. Era una voz serena, casi ajena.

Caminó hasta la mesa y tomó su INE y su pasaporte.

Sergio reaccionó.

—Mariana, escucha…

—¿Escuchar qué? ¿La parte donde tu mamá calcula cuánto tardarías en heredar si yo hubiera muerto?

—No es lo que parece.

Mariana soltó una carcajada.

—Esa frase debería venir impresa en el acta de matrimonio de los cobardes.

Graciela recuperó el habla.

—No vengas a hacerte la santa. Tú abandonaste a mi hijo y a mi nieto.

—Su hijo tiene treinta y seis años. Su nieto tiene trece. Ninguno necesita una criada.

—¡Eres una egoísta!

—No. Solo dejé de obedecer.

Sergio se acercó.

—Podemos arreglar esto.

—¿Qué parte? ¿El divorcio o el intento de robarme mi casa?

—¡Nadie te está robando nada!

Mariana levantó el teléfono.

—Llevo varios minutos grabándolos.