PARTE 2
La tía Elena no preguntó demasiado cuando vio llegar a Mariana.
Solo abrió la reja, la abrazó y dijo:
—Te tardaste, sobrina.
Aquello bastó para que Mariana llorara por primera vez en meses.
Elena había desconfiado de Sergio desde antes de la boda. También Andrea, la mejor amiga de Mariana, había intentado advertirle que aquel hombre parecía más enamorado de la comodidad que de ella. Mariana se había ofendido tanto que terminó alejándose de ambos.
Ahora entendía por qué.
A la mañana siguiente contestó finalmente una llamada de Sergio.
—Regresa —ordenó él—. Mi mamá está alteradísima y Diego pregunta por ti.
—Voy a pedir el divorcio.
Hubo varios segundos de silencio.
Después Sergio soltó una risa.
—Perfecto. Entonces dividimos todo.
—¿Todo qué?
—El departamento, para empezar.
Mariana casi se rio.
—Ese departamento era mío antes de casarnos.
—Ya veremos qué dice un abogado.
Elena, que había escuchado la conversación, llamó esa misma tarde a Verónica, una vieja amiga y abogada familiar.
Verónica revisó escrituras, fechas y documentos.
—Tu departamento no se convierte mágicamente en propiedad de Sergio porque haya dejado sus calcetines ahí —sentenció—. Que amenace lo que quiera.
Mariana respiró tranquila por primera vez.
Dos días después decidió regresar brevemente a Ciudad de México para recoger documentación y cambiar algunas contraseñas.
Pero una tormenta la sorprendió en la carretera.
Un árbol cayó delante de su vehículo, Mariana frenó bruscamente y terminó fuera del camino. No sufrió más que algunos golpes, pero tuvo que abandonar el coche durante unas horas. Andrés, un veterinario que vivía cerca de su tía, la encontró y la llevó a un lugar seguro.
Cuando Mariana volvió por el automóvil descubrió algo extraño.
Su mochila había desaparecido.
Dentro estaban su INE, su pasaporte, tarjetas y varias copias de documentos personales.
Bloqueó inmediatamente las tarjetas.
Lo que más la inquietó fue otra cosa: Sergio no había llamado ni una sola vez.
Aquella tarde Andrés y Verónica la acompañaron hasta su edificio.
Mariana subió sola.
La puerta del departamento estaba entreabierta.
Desde la cocina llegaban las voces de Sergio y Graciela.
También hablaba una mujer desconocida.
—Otra vez —ordenó Graciela—. La firma de Mariana hace la “M” más larga.
Mariana sintió que la sangre se le congelaba.
Avanzó sin hacer ruido y vio su mochila tirada junto al sofá.
No la había encontrado ningún ladrón en la carretera.
La había recogido su propio marido.
Y entonces escuchó a Sergio decir:
—Mañana terminamos esto. Antes de que regrese, ese departamento tiene que dejar de estar a su nombre.
Mariana sacó lentamente el teléfono y activó la grabadora.
Lo que oyó durante los siguientes minutos iba a destruir para siempre todo lo que todavía creía saber sobre su matrimonio.
