PARTE 1
—A ver, Mariana, deja de hacerte la víctima. Cuando te casaste con Sergio sabías que él tenía un hijo. Así que te levantas, arreglas esta casa y te haces cargo de Diego. Para eso eres su esposa.
Graciela lo dijo a las nueve de la mañana, parada en medio de la recámara como si el departamento fuera suyo.
Mariana llevaba apenas una hora dormida. Había pasado toda la noche terminando un proyecto para la empresa de software donde trabajaba y todavía tenía la cabeza pesada. En el buró había una taza sucia de Sergio, en el piso dos camisas de él y el cuarto olía a cigarro, aunque Mariana llevaba meses rogándole que fumara en el balcón.
—¿Qué hace aquí tan temprano? —preguntó, incorporándose.
—Vine a avisarte que mi nieto se quedará dos semanas con ustedes. Su abuelo lo trae en una hora. Necesita comida, uniforme limpio, que revises sus tareas y que lo lleves a la escuela.
Mariana la miró sin poder creerlo.
Diego tenía trece años.
—Yo trabajo, Graciela. Sergio también. Diego puede calentar su comida y hacerse responsable de algunas cosas.
La suegra soltó una carcajada seca.
—Ahí está el problema. No eres madre. No entiendes cómo se atiende a un hombre.
Aquella frase terminó de romper algo dentro de Mariana.
Un año antes había creído que se casaba con un hombre tranquilo y responsable. Sergio cocinaba, lavaba sus platos y hablaba con orgullo de haber criado a su hijo después de divorciarse. Mariana, que había perdido a su madre siendo niña y había crecido únicamente con su padre, admiró esa historia.
Después de la boda, todo cambió.
Primero Sergio dejó de lavar un vaso. Luego aseguró que limpiar era “cosa de mujeres”. Después renunció a su empleo porque, según él, su jefe “no valoraba su talento”. Pasó semanas jugando videojuegos mientras Mariana pagaba la mayoría de los gastos.
Y Graciela comenzó a entrar en el departamento sin avisar.
Lo peor era que el departamento ni siquiera pertenecía a Sergio. Mariana lo había heredado de su padre años antes de conocerlo.
Ella intentó hablar, negociar, repartir responsabilidades. Sergio siempre respondía igual:
—Te clavas demasiado. Mi mamá hizo esto toda la vida y nunca se quejó.
Esa mañana Mariana ya no discutió.
Abrió el clóset, metió ropa, su computadora y un cargador en una mochila.
Graciela dejó de sonreír.
—¿Y tú adónde crees que vas?
—A casa de mi tía Elena, en Tepoztlán.
—¿Y mi nieto?
Mariana se colgó la mochila al hombro.
—Tiene padre. Y también tiene abuela.
La puerta se cerró detrás de ella.
Una hora después, mientras conducía hacia Morelos, el celular comenzó a llenarse de llamadas de Sergio.
Mariana no contestó ninguna.
Todavía no sabía que aquel hombre al que pensaba abandonar por flojo y manipulador estaba a punto de demostrarle que la suciedad de la casa era el menor de sus problemas.
Y lo que ocurriría cuando Sergio entendiera que realmente pensaba divorciarse era algo que Mariana jamás habría imaginado.
