PARTE3
—Se acabó.
No grité.
No fue necesario.
Marta, Daniel y Héctor estaban sentados en la sala. Sobre la mesa seguía el folleto del departamento de cuatro recámaras que ella pretendía que compráramos.
Los tres voltearon hacia mí.
—¿Ahora qué te pasa? —preguntó Marta.
Caminé hasta quedar frente a ella.
—Quiero que usted y Héctor recojan sus cosas y salgan de mi casa esta noche.
Marta soltó una carcajada.
—¿Tu casa?
Miró a Daniel buscando apoyo.
—Escúchala. Ya hasta se cree dueña.
Levanté mi teléfono.
—No me creo nada.
Abrí el archivo.
—Aquí está la escritura.
Marta dejó de sonreír.
Daniel levantó la cabeza.
—Sofi…
—No, Daniel. Tú también vas a escuchar.
Me acerqué a Marta y amplié la parte del documento donde aparecían nuestros nombres.
—Compramos este departamento hace cinco años. Daniel y yo dimos el enganche juntos. Los dos aparecemos como propietarios. Los dos firmamos el crédito. Los dos hemos pagado la hipoteca.
La miré directamente.
—Así que cuando usted repite que esta casa es solamente de su sobrino, está mintiendo.
Marta parpadeó varias veces.
—Daniel, dile algo.
Él abrió la boca, pero yo continué.
—Y como esta casa también es mía, le estoy diciendo que ya no tiene permiso para quedarse aquí.
—¡Soy su tía!
—Eso no la convierte en propietaria.
—Yo lo crié.
—No.
Mi voz comenzó a temblar, pero no de miedo.
—Usted lo ayudó durante una etapa difícil. Eso fue generoso. Pero Daniel le devolvió el dinero hace años. Ayudar a alguien no significa comprarlo para siempre.
Marta se puso de pie.
—No sabes nada de nuestra familia.
—Sé suficiente.
Señalé nuestra recámara.
—Sé que llegó sin avisar y decidió que nosotros debíamos dormir en un colchón para que usted estuviera cómoda.
Señalé las cortinas.
—Sé que tiró mis cosas.
Después señalé la cocina.
—Sé que cambió mi comida, criticó mi trabajo, invitó gente a nuestra casa para hablar mal de mí y ahora pretende vender una propiedad que no le pertenece.
Marta se puso roja.
—Yo sólo intento ayudar a mi sobrino.
—¿Ayudarlo consiguiéndole otra esposa?
Héctor bajó la cabeza.
Daniel cerró los ojos.
Marta tardó apenas un segundo en recuperarse.
—Andrea es una muchacha educada. No como tú.
Entonces sí perdí la paciencia.
—Perfecto. Cuando usted tenga un hijo soltero, preséntesela. Mi esposo no está disponible.
—Eso lo decidirá él.
Giré hacia Daniel.
El silencio se volvió insoportable.
—Sí —dije—. Que lo decida.
Daniel me miró.
Nunca lo había visto tan pálido.
—Sofía…
—No te estoy pidiendo que elijas entre tu tía y yo. Te estoy preguntando algo mucho más sencillo: ¿vas a permitir que alguien entre a nuestra casa, me humille y decida cómo debemos vivir?
Marta intervino inmediatamente.
—Daniel, piensa bien lo que vas a decir. Después de todo lo que hice por ti…
Él cerró los puños.
Y por primera vez desde que la conocía, la interrumpió.
—Ya basta, tía.
Marta se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Que ya basta.
Daniel respiró profundamente.
—Sofía tiene razón.
Yo tampoco esperaba escucharlo.
—Llegaste sin preguntar. Tomaste nuestra habitación. Cambiaste cosas. Has hablado mal de mi esposa delante de mí y yo fui demasiado cobarde para detenerte.
—¡Porque sabes lo que me debes!
—No te debo mi vida.
Aquellas cinco palabras parecieron golpearla físicamente.
Marta retrocedió medio paso.
—Después de que murió tu padre, ¿quién estuvo contigo?
—Tú.
—¿Quién pagó tu universidad?
—Tú me ayudaste durante dos semestres. Y te devolví ese dinero.
—¡El dinero no importa!
Daniel sonrió con tristeza.
—Exactamente. Nunca se trató del dinero.
Marta abrió la boca.
—Se trataba de poder seguir diciéndome que yo te pertenecía.
Héctor levantó la mirada por primera vez.
Vi algo extraño en su expresión.
No sorpresa.
Reconocimiento.
Como si llevara décadas escuchando esa misma forma de manipulación.
Marta comenzó a llorar.
Pero no era un llanto silencioso.
Era el tipo de llanto que exige público.
—Perfecto. Ya entendí. Tu esposa te puso en mi contra.
Daniel negó con la cabeza.
—No. Sofía hizo algo que yo debí hacer hace años: poner límites.
—Tu padre estaría avergonzado.
El rostro de Daniel cambió.
—No vuelvas a usar a mi papá para controlarme.
Marta dejó de llorar de inmediato.
—¿Cómo te atreves?
—Porque él no está aquí para decir lo que pensaría. Tú llevas años usando su memoria cada vez que quieres que haga algo.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces Marta apuntó hacia mí.
—Ella te va a abandonar.
Daniel respondió:
—Tal vez algún día nuestro matrimonio termine. Tal vez no. Pero si pasa, será un problema entre Sofía y yo. No tuyo.
Marta tomó su bolso.
—Héctor. Nos vamos.
Yo crucé los brazos.
—No olvide sus cosas de la recámara.
La siguiente hora fue caótica.
Marta entraba y salía de los cuartos empacando mientras murmuraba insultos.
—Ingratos.
Guardó una blusa.
—Después vendrán llorando.
Metió unos zapatos en la maleta.
—Cuando esta mujer te deje, ni se te ocurra buscarme.
Daniel no respondió.
Yo me mantuve cerca.
No porque creyera que fuera a robarnos, sino porque Marta ya había demostrado que consideraba cualquier objeto dentro de nuestra casa como algo sobre lo que podía decidir.
Cuando llegó a la sala, miró sus cortinas.
—Ésas se quedan.
—No —le dije—. También se las lleva.
—Les quedan mejor que las porquerías que tenían.
—Marta —dijo Daniel—. Llévatelas.
Héctor comenzó a quitarlas en silencio.
Por primera vez observé bien a aquel hombre.
Durante los días que habían vivido con nosotros apenas hablaba. Siempre parecía cansado, como si estuviera esperando la próxima orden.
Cuando Marta fue a la recámara, Héctor se acercó a Daniel.
—Hiciste bien.
Daniel lo miró sorprendido.
—¿Qué?
Héctor bajó la voz.
—Nada.
Y volvió a recoger las cortinas antes de que su esposa regresara.
Aquellas dos palabras se me quedaron grabadas.
Finalmente llegaron a la puerta con sus maletas.
Extendí la mano.
—Las llaves.
Marta fingió no escuchar.
—Tía —dijo Daniel—, Sofía tiene razón. Déjanos las copias.
Sacó el llavero de su bolsa y me lo aventó.
