PARTE 1
—Nosotros no vamos a dormir en un sofá. Ustedes son jóvenes, así que pueden dormir en el piso. Héctor y yo nos quedamos con su recámara.
Eso fue lo primero que dijo la tía Marta después de entrar a nuestro departamento en la colonia Del Valle, en Ciudad de México, con dos maletas enormes y sin siquiera preguntarnos si podía quedarse.
Yo estaba en la cocina preparando la cena cuando escuché la puerta. Daniel, mi esposo, apareció unos segundos después con la cara desencajada.
—Sofía… es mi tía Marta.
Detrás de ella venía Héctor, su marido, cargando tres bolsas, una caja y otra maleta.
—¿Pasó algo? —pregunté.
Marta soltó una risita.
—Nada grave. Están remodelando nuestro departamento en Toluca. Dos meses, quizá tres. Nos vamos a quedar aquí.
Pensé que estaba bromeando.
Daniel tampoco sabía nada.
—Tía, pudiste avisarme…
—¿Desde cuándo la familia necesita cita para visitar a la familia?
Después me miró de arriba abajo como si estuviera inspeccionando mercancía.
—Estás muy delgada. Con razón Daniel también se ve flaco. Ya verás, mientras yo esté aquí comerá como debe.
Ni siquiera habían pasado cinco minutos cuando preguntó dónde estaba nuestra recámara.
Le señalé el cuarto de visitas, que en realidad era el estudio donde Daniel trabajaba desde casa.
—Ahí podemos poner un colchón inflable.
Marta se quedó mirándome.
—No entendiste. Héctor y yo necesitamos una cama de verdad. Ustedes pueden acomodarse en el estudio.
—No.
Mi respuesta salió tan seca que Héctor levantó la mirada.
Marta frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Esa es nuestra recámara. Si van a quedarse unos días, buscaremos una solución. Pero nadie va a sacarnos de nuestra cama.
Entonces hizo algo que jamás olvidaré.
Volteó hacia Daniel y dijo:
—¿Vas a permitir que tu mujer me hable así? Soy la hermana de tu padre. Si Eduardo estuviera vivo, se avergonzaría de ti.
Daniel bajó los ojos.
Su padre había muerto cuando él tenía veinte años. Marta sabía perfectamente qué botón apretar.
—Sofi… quizá podríamos aguantar un poco —murmuró—. Son sólo un par de meses.
Lo miré sin poder creerlo.
Marta sonrió, satisfecha.
—Eso. Al fin habla el dueño de la casa.
Luego señaló sus maletas.
—Héctor, llévalas a la recámara. Y Sofía, prepara algo de cenar. Venimos muertos de hambre.
Pero lo que realmente me heló la sangre ocurrió unos minutos después.
Mientras Daniel ayudaba a su tío con las maletas, escuché a Marta decirle en voz baja:
—Así me gusta. Recuerda que este departamento está a tu nombre, no al de ella. Aquí decides tú.
Daniel no la corrigió.
Y en ese instante comprendí que aquella mujer no había llegado solamente buscando un lugar donde dormir.
Había llegado convencida de que podía tomar nuestra casa… y Daniel parecía demasiado asustado para detenerla.
