PARTE 2
En menos de una semana, mi casa dejó de parecer mi casa.
La tía Marta cambió de lugar los muebles, guardó mis sartenes porque, según ella, “eran de mala calidad”, tiró varias especias que usaba para cocinar y reemplazó las cortinas claras de la sala por unas pesadas cortinas color vino que había traído desde Toluca.
Hasta organizó una comida con dos amigas sin preguntarme.
Yo llegaba de trabajar y encontraba desconocidas sentadas en mi comedor escuchándola explicar lo mal que yo atendía a Daniel.
—Las mujeres modernas creen que con tener trabajo ya cumplieron —decía—. Pobrecito de mi sobrino.
Daniel escuchaba.
Y callaba.
Nosotros dormíamos en un colchón en su estudio.
Una noche exploté.
—O les pides que se vayan o me voy yo.
Daniel se pasó las manos por la cara.
—Sofía, por favor. Mi tía me ayudó mucho después de que murió mi papá.
—Y tú le devolviste cada peso.
Eso era verdad. Marta había pagado dos semestres de su universidad cuando su padre murió. Años después, cuando Daniel comenzó a trabajar como ingeniero, se lo devolvió completo.
Pero ella seguía cobrando una deuda que ya no era económica.
Era emocional.
Al día siguiente ocurrió algo peor.
Estábamos desayunando cuando Marta puso un folleto inmobiliario sobre la mesa.
—Este departamento ya les quedó chico. Deberían venderlo.
Casi escupí el café.
—¿Perdón?
—Busqué opciones. Con lo que saquen de aquí y nuestros ahorros podemos comprar uno de cuatro recámaras. Héctor y yo usaríamos una.
—¿Vivirían con nosotros permanentemente?
—Claro. Somos familia.
Luego explicó que ella aportaría apenas una parte del enganche y nosotros cubriríamos todo lo demás.
Me reí de puro nervio.
—Entonces quiere que vendamos nuestra casa, paguemos otra más grande y además le regalemos una recámara.
Marta golpeó la mesa.
—Daniel, controla a tu esposa.
Esperé.
Mi esposo permaneció mirando su taza.
—Voy a pensarlo —dijo finalmente.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Pero aquella noche descubrí que Marta todavía tenía un plan mucho más absurdo.
Desde el estudio escuché su voz en la sala.
—Mañana viene un agente inmobiliario.
Después añadió:
—Y también invité a Andrea, la hija de mi amiga Patricia. Esa sí es una muchacha decente. Cuando te divorcies, deberías conocerla.
Daniel protestó:
—Estoy casado.
Marta respondió sin titubear:
—Te divorcias. Yo pagué por ti cuando tu padre murió. Me debes mucho más que dinero.
En ese instante dejé de sentir rabia.
Sentí una claridad absoluta.
Tomé mi teléfono, abrí la carpeta donde guardaba nuestros documentos y busqué la escritura del departamento.
Marta había repetido tantas veces que la propiedad era sólo de Daniel que casi consiguió que todos olvidaran un pequeño detalle.
Salí del estudio con el documento abierto en la pantalla y, por primera vez desde que aquella mujer había llegado, fui yo quien estaba a punto de cambiar las reglas.
