PARTE 3
Lo atrapé.
—Que les aproveche su maravillosa vida —escupió.
Antes de salir se volvió hacia Daniel.
—Para mí estás muerto.
Él palideció, pero no respondió.
Entonces Marta dirigió la mirada hacia mí.
—Y tú no te emociones. Los hombres se cansan. Un día va a encontrar una más joven y te va a dejar.
Observé a Héctor detrás de ella.
—Tal vez debería preocuparse más por su propio matrimonio.
Marta cerró la puerta de golpe al salir.
Durante varios segundos Daniel y yo permanecimos en silencio.
Después fui a nuestra recámara.
La cama estaba deshecha.
Había cremas de Marta sobre mi buró, ropa de ella colgada dentro de mi clóset y un olor a perfume que ya me resultaba insoportable.
Comencé a abrir las ventanas.
Daniel apareció detrás de mí.
—Sofía.
No contesté.
—Perdóname.
Seguí quitando las fundas que ellos habían usado.
—Sé que decirlo no arregla nada.
Me detuve.
Daniel tenía los ojos húmedos.
—Cuando murió mi papá yo estaba perdido. Mi mamá ya había fallecido años antes. Marta llegó y resolvió muchas cosas. Trámites, dinero, universidad… Todo.
—Lo sé.
—Y cada vez que yo intentaba contradecirla, me recordaba lo que había hecho por mí.
Se sentó en la orilla de la cama.
—Supongo que terminé creyendo que ponerle límites me convertía en un mal hijo… aunque ni siquiera es mi madre.
Me senté frente a él.
—Yo nunca quise que dejaras de quererla.
—Lo sé.
—Quería que entendieras que ser familia no significa tener permiso para destruir nuestra paz.
Daniel asintió.
—Cuando dijo que debía divorciarme de ti porque me había ayudado con la universidad… me escuché a mí mismo pensando: “¿De verdad voy a dejar que otra persona elija hasta con quién estoy casado?”
Lo miré fijamente.
—Casi fue demasiado tarde.
—Lo sé.
Esa noche dormimos nuevamente en nuestra cama.
Pero a las once y media el teléfono de Daniel comenzó a sonar.
“Tía Marta”.
Daniel lo rechazó.
Volvió a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Cinco.
—Algo pasó —dijo.
—O quiere volver.
La séptima vez respondió.
