PARTE 3
—¡Es la casa de su padre!
Yo levanté la escritura.
—No.
Alejandro dio un paso hacia mí.
—Mariana, llevamos seis años casados.
—Correcto.
—Yo he vivido contigo seis años.
—También correcto.
—Entonces algo me corresponde.
Patricia, mi cuñada, que hasta ese momento había permanecido al fondo comiendo tranquilamente, dejó el tenedor.
—Ay, hermano…
Alejandro la miró.
—Tú cállate.
—No puedo. Esto está demasiado bueno.
Él apretó los dientes.
—He contribuido al matrimonio.
—Nadie dice que no —respondí—. Pero estamos casados bajo separación de bienes. El departamento donde vivimos lo compré cuatro años antes de conocerte. Y este lo heredé de mi abuela.
—Pero yo pagué cosas.
—¿Qué cosas?
—Muchas.
—Nombra tres.
Se quedó callado.
Patricia levantó la mano.
—Yo recuerdo una repisa del baño.
—¡Patricia!
—Bueno, técnicamente intentaste instalarla. Se cayó dos veces.
Algunos invitados soltaron una carcajada.
Alejandro se puso rojo.
—Esto no es un chiste.
—Tienes razón —le dije—. No lo es.
El cerrajero retiró el cilindro viejo.
La pieza cayó sobre su lona con un golpe metálico.
—Listo. Ahora pongo el nuevo.
Teresa miró aquel pequeño pedazo de metal como si estuviera viendo desaparecer un imperio.
—Yo he vivido tres años aquí.
—Gratis —respondí.
—¡Soy tu suegra!
—Precisamente por eso viviste gratis.
—Yo cuidé esta casa.
—La instalación eléctrica estaba a punto de provocar un cortocircuito, las tuberías goteaban y cuando empecé a remodelar te mudaste conmigo durante cinco meses mientras yo hacía prácticamente todo el trabajo.
Teresa levantó un dedo acusador.
—¡Porque tú quisiste!
—Exactamente.
La miré fijamente.
—Yo quise ayudarte. Nunca te regalé nada.
El cerrajero terminó.
Me entregó tres llaves nuevas.
—Pruebe.
Cerré.
Abrí.
Perfecto.
—Muchas gracias.
—¿Qué hago con el cilindro viejo?
Miré las llaves azules que todavía sostenía Renata.
—Tírelo.
Teresa casi gritó:
—¡No!
Todos la miraron.
Bajó la voz.
—Todavía sirve.
El cerrajero sonrió.
—Servir, sirve. Pero cualquier persona con copia entra.
—Precisamente por eso lo estamos cambiando —respondí.
El hombre guardó sus herramientas, me entregó el comprobante y salió.
Cuando la puerta se cerró, regresé a la mesa.
—Bien. Ahora hablemos del nuevo hogar de Renata y Emiliano.
Renata levantó las manos.
—Mariana, no hace falta.
—Déjame terminar.
Me dirigí a la pareja.
—El departamento tiene dos recámaras, cocina nueva, instalación eléctrica renovada y está en una zona donde una renta similar ronda entre dieciséis y dieciocho mil pesos mensuales.
Emiliano se removió incómodo.
—Nosotros no podemos pagar eso.
—Lo sé.
Teresa sonrió triunfalmente.
—¿Ves? Por eso se los regalé.
La ignoré.
—Si quieren vivir aquí, se los rento en trece mil quinientos al mes más servicios. Depósito de una renta y contrato por escrito.
Renata abrió los ojos.
—¿Renta?
—Sí.
—Pero estoy por empezar la universidad.
—Por eso no necesitas decidir hoy.
Teresa golpeó la mesa.
—¡Qué descaro! ¡Cobrarle renta a una muchacha de la familia!
Me volví hacia ella.
—Hace diez minutos tú estabas regalando mi departamento sin preguntarme.
—¡Porque ella es mi nieta!
—Y yo soy la propietaria.
—¡La familia comparte!
—Perfecto.
Sonreí.
—Entonces comencemos contigo.
Su expresión cambió.
—¿Conmigo?
—Sí. Tú acabas de declarar delante de todos que los mayores no deberían acumular propiedades y que hay que darle espacio a los jóvenes.
—¿Y?
—Como este departamento ya lo regalaste simbólicamente, imagino que tampoco lo necesitas.
—No entiendo.
—Mañana a las seis de la tarde quiero tu ropa y tus cosas fuera de nuestro departamento.
