ntht/ Mi esposo me pidió que no asistiera a los dieciocho años de su hija porque, según él, “mi presencia arruinaría la fiesta”. Fingí aceptar, aunque ya sabía que su madre había estado preguntando cuánto podría reclamar él si se divorciaba de mí. Llegué sin avisar y la encontré regalando mi departamento delante de todos. Estaba a punto de marcharme definitivamente cuando mi cuñada soltó una frase que cambió el ambiente: “Mamá también preguntó cómo poner las facturas de la remodelación a su nombre”.

PARTE 2

Tres días antes del cumpleaños, la empresa que instalaría la cocina integral me llamó.

—Señora Mariana, tenemos una duda. La factura está a su nombre, pero una señora Teresa insiste en que todo debe aparecer como si ella hubiera contratado el trabajo.

Sentí un escalofrío.

—La propietaria soy yo. Facturen todo a mi nombre.

Colgué y marqué a mi cuñada, Patricia.

Patricia era instructora de manejo y nunca había tenido paciencia para los dramas familiares.

—Mariana —me dijo mientras gritaba a uno de sus alumnos que metiera el clutch—, llevo días pensando si decirte esto.

—Dímelo.

—Mi mamá me preguntó cuánto cuesta un divorcio.

Me quedé callada.

—¿El divorcio de quién?

—El tuyo con Alejandro.

Apreté el volante.

Patricia continuó:

—También preguntó si después de seis años de matrimonio Alejandro podía reclamar la mitad del departamento donde viven.

Ahí entendí todo.

Alejandro y yo estábamos casados bajo separación de bienes. El departamento donde vivíamos lo había comprado yo cuatro años antes de conocerlo. El de Tlaquepaque era herencia de mi abuela.

Legalmente ninguno era suyo.

Pero ellos parecían convencidos de que podían quedarse con uno y regalar el otro.

Esa tarde fui al departamento sin avisar.

Teresa ya había metido un sofá nuevo, un zapatero y varias cajas.

En algunos muebles había papelitos pegados.

“Renata”.

“Emiliano”.

Emiliano era el novio de mi hijastra.

—¿Qué es todo esto? —pregunté.

Teresa sonrió.

—Estoy organizando.

—¿Para quién?

—Ay, Mariana, no estés investigando todo.

No discutí.

Al día siguiente contraté a un cerrajero para que fuera al departamento el sábado a las siete de la tarde.

Después retiré setenta mil pesos de mis ahorros.

Renata no había alcanzado lugar en la universidad pública que quería y Alejandro había dicho que tendría que esperar un año.

Yo sabía cuánto deseaba estudiar diseño.

Puse el dinero en un sobre.

El sábado comenzó la fiesta sin mí porque Alejandro me había pedido que no fuera.

—Renata se siente incómoda contigo —dijo—. No le arruinemos sus dieciocho.

A las seis cuarenta y cinco llegué al edificio.

Desde el pasillo escuché risas.

La puerta estaba entreabierta.

Teresa estaba frente a Renata sosteniendo un juego de llaves.

Reconocí inmediatamente el pequeño dije azul de vidrio que yo misma había fabricado.

Mis llaves.

—Vente a vivir aquí con Emiliano, mi niña —anunció Teresa—. Este es mi regalo para ustedes.

Renata abrió los ojos.

—¿Me estás regalando el departamento?

Teresa levantó la barbilla orgullosa.

—Claro.

Entonces añadió riéndose:

—La trabajadora gratuita terminó la remodelación. Mañana sacamos a Mariana de nuestra vida y asunto arreglado.

Algunos invitados rieron.

Y Alejandro…

Mi esposo comenzó a aplaudir.

Fue entonces cuando empujé la puerta.

Nadie se dio cuenta de que había llegado hasta que dije:

—Qué bonito regalo, Teresa. Solo tengo una pregunta.

Todas las miradas se clavaron en mí.

Sonreí.

—¿Cómo piensas regalar algo que jamás ha sido tuyo?

Y justo entonces sonó el timbre.

El cerrajero había llegado.


PARTE 3

Teresa se quedó inmóvil con la mano todavía extendida hacia Renata.

Alejandro dejó de aplaudir.

El silencio cayó tan rápido que incluso alcanzaba a escucharse el zumbido del refrigerador desde la cocina.

Yo cerré la puerta detrás de mí.

—Buenas noches.

Renata seguía sujetando las llaves.

—Mariana… yo…

—Primero lo importante.

Saqué el sobre de mi bolso y caminé hasta ella.

—Feliz cumpleaños.

Lo dejé sobre la mesa.

Renata lo tocó con cautela.

—¿Qué es?

—Tu primer semestre.

Frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Setenta mil pesos. Inscripción, primeras mensualidades y materiales. Alejandro me contó que te faltaron unos puntos para entrar donde querías. No vas a perder un año si realmente quieres estudiar.

Renata miró a su papá.

Luego a mí.

—Es demasiado.

—No.

—No puedo aceptarlo.

Su mamá, Claudia, que estaba sentada junto a ella, intervino por primera vez:

—Si alguien te está ofreciendo estudiar sin pedirte nada raro a cambio, das las gracias y aprovechas la oportunidad.

Renata tragó saliva.

—Gracias, Mariana.

—Estudia. Ese será el agradecimiento.

Entonces miré a Teresa.

—Ahora sí. Continuemos con el regalo de la abuela.

Teresa recuperó rápidamente su sonrisa.

—Bueno, ya que estás aquí, podrías tener un poquito de educación y no arruinarle la fiesta.

—Al contrario. Estoy impresionada.

—¿Impresionada?

—Muchísimo. Regalar un departamento recién remodelado es algo enorme.

Algunos invitados asintieron.

Teresa infló el pecho.

—Por mi nieta hago cualquier cosa.

—Eso veo.

—La juventud necesita oportunidades —añadió—. ¿De qué sirve que los viejos acumulen propiedades?

—Excelente reflexión.

Alejandro dejó escapar el aire, creyendo que yo había decidido evitar la confrontación.

Hasta sonrió.

En ese momento tocaron el timbre.

Abrí.

Un hombre de unos cincuenta años apareció cargando una caja de herramientas.

—Buenas noches. ¿Señora Mariana Salgado?

—Soy yo.

—Vengo por el cambio de cilindro de seguridad.

Teresa parpadeó.

—¿Qué cambio?

El cerrajero miró la puerta.

—Este.

Se arrodilló junto a la cerradura.

—Me dijeron que instalara uno de alta seguridad y entregara únicamente tres copias nuevas.

Alejandro se levantó.

—Mariana, ¿qué estás haciendo?

—Protegiendo mi propiedad.

El cerrajero sacó un desarmador.

Teresa avanzó hacia él.

—¡No toque esa puerta!

El hombre se detuvo.

—Señora, ¿usted es la propietaria?

—Yo vivo aquí.

—No pregunté eso.

Teresa abrió la boca.

No respondió.

Yo saqué de mi bolso una copia simple de la escritura.

—Propietaria: Mariana Salgado Hernández.

El cerrajero asintió.

—Con permiso.

Comenzó a desmontar la cerradura.

Renata miró las llaves que tenía en la mano.

Por primera vez parecía comprender la dimensión del engaño.

—Abuela… ¿el departamento no es tuyo?

—Son asuntos de adultos.

—Me acabas de decir delante de todos que me lo regalabas.

—Porque prácticamente es de la familia.

Claudia soltó una risa seca.

—Una escritura no dice “prácticamente”.

Teresa se giró hacia ella.

—Tú no te metas.

—Me meto porque intentaste meter a mi hija a vivir en una propiedad ajena.