ntht/ Escuché a mi marido reírse con su amante y decir que yo ya no necesitaba vestidos porque estaba “enterrada entre pañales y juguetes”. Me quedé escondida en el probador, fingí no saber nada y durante días preparé mi salida en silencio.

PARTE 1

—¿Para qué voy a comprarle un vestido? Si mi esposa ya parece empleada doméstica de tiempo completo.

Cuando Ximena escuchó la voz de su marido al otro lado del probador, sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

Esa mañana había dejado a sus 3 hijos con su mamá para ir a Plaza Satélite. Quería preparar algo especial para el 8 de marzo: una cena romántica, una botella de vino, comida que a Rodrigo le gustara y, por primera vez en años, un vestido nuevo para ella.

Desde que se casaron habían hecho un acuerdo. Rodrigo trabajaría y Ximena se encargaría de la casa y de los hijos. Él siempre decía que soñaba con una familia grande.

Primero nació Mateo, luego Camila y finalmente Emiliano.

Mientras Rodrigo avanzaba en su empresa, Ximena vivía entre pañales, citas con el pediatra, noches sin dormir, comidas, uniformes y juguetes tirados por toda la casa.

Nunca se quejaba.

Últimamente Rodrigo llegaba después de medianoche.

—Muchísimo trabajo, amor. Estamos cerrando proyectos.

Ella incluso le calentaba la cena y le decía que descansara.

Por eso aquel día, mientras se probaba un vestido color vino, reconoció inmediatamente su voz detrás de la pared.

Pero Rodrigo no estaba hablando de trabajo.

—Ya quiero quitártelo —dijo él.

Una mujer soltó una carcajada.

—Espérate, desesperado. Mejor compra algo para tu esposa, ¿no?

Ximena dejó de respirar.

Rodrigo respondió riéndose:

—¿A ella? ¿Para qué? Vive metida con los niños. Ni sale. Le compro una freidora de aire o una máquina para hacer pan y va a estar feliz.

La mujer volvió a reír.

—¿Y si pregunta dónde gastaste tanto dinero?

—¿Por qué tendría que darle explicaciones? Es mi dinero. Yo trabajo. Ella está en la casa con todo pagado. Le deposito para los gastos y debería agradecerlo.

Ximena se llevó una mano a la boca para no hacer ruido.

No le dolía solamente descubrir que su marido tenía otra mujer.

Le dolía descubrir lo que pensaba de ella.

Esperó varios minutos antes de abrir lentamente la cortina.

Desde el pasillo pudo verlo.

Rodrigo estaba en la caja junto a una mujer rubia, alta, perfectamente arreglada. Sobre el mostrador había varias bolsas de boutiques que Ximena jamás se habría atrevido a visitar porque siempre consideraba demasiado caras.

Rodrigo pagó.

Después tomó a la mujer de la cintura.

Y la besó frente a todos.

Ximena regresó al probador sin que él la viera.

La vendedora la encontró sentada, inmóvil.

—Señora, ¿está bien?

Ximena levantó la mirada.

Por dentro algo acababa de romperse.

Pero cuando salió de aquella plaza no llamó a Rodrigo.

No hizo una escena.

No lloró frente a él.

Esa tarde, mientras observaba dormir a sus hijos, tomó una decisión que cambiaría todo.

Y Rodrigo no tenía la menor idea de que su esposa acababa de dejar de depender de él.