ntht/ Mi esposo me pidió que no asistiera a los dieciocho años de su hija porque, según él, “mi presencia arruinaría la fiesta”. Fingí aceptar, aunque ya sabía que su madre había estado preguntando cuánto podría reclamar él si se divorciaba de mí. Llegué sin avisar y la encontré regalando mi departamento delante de todos. Estaba a punto de marcharme definitivamente cuando mi cuñada soltó una frase que cambió el ambiente: “Mamá también preguntó cómo poner las facturas de la remodelación a su nombre”.

PARTE 1

—Mañana mismo la sacamos de aquí. Ya terminó de remodelar gratis, así que por fin esta casa será tuya.

Escuché esas palabras detrás de la puerta del departamento que había heredado de mi abuela, justo cuando iba a entrar con un regalo por los dieciocho años de mi hijastra.

Pero para entender por qué no grité, no hice una escena y ni siquiera abrí la puerta en ese momento, tengo que contar lo que pasó antes.

Me llamo Mariana Salgado, tengo treinta y nueve años y vivo en Guadalajara. Desde hace casi quince años trabajo diseñando y fabricando vitrales para residencias, hoteles boutique y restaurantes. Aprendí el oficio con mi abuelo: medir dos veces, cortar una sola.

También aprendí algo parecido con las personas.

Seis años atrás me casé con Alejandro. Él ya tenía una hija, Renata, que entonces tenía doce. La relación nunca fue sencilla porque su mamá le repetía que yo era “la mujer que había reemplazado a su familia”.

Aun así, intenté acercarme.

La llevaba por ropa, le compraba materiales de la escuela y alguna vez hasta cancelé un pedido para acompañarla a una competencia.

Un día, con diecisiete años, me dijo:

—No eres mi mamá. Ni siquiera eres mi familia.

Me dolió, pero no discutí.

El verdadero problema era Teresa, mi suegra.

Cuando cerraron la pensión donde rentaba un cuarto, Alejandro comenzó a hacer cuentas desesperadamente.

—Mi mamá no puede pagar doce mil pesos de renta —me dijo—. ¿Qué vamos a hacer?

Yo tenía un departamento pequeño en Tlaquepaque que había pertenecido a mi abuela. Estaba escriturado únicamente a mi nombre.

Le entregué las llaves.

—Que viva ahí. Solo que pague servicios.

No firmamos contrato.

Ese fue mi error.

Teresa pasó tres años viviendo gratis y poco a poco dejó de hablar del departamento como “la casa de Mariana”.

Empezó a decir:

—Mi casa.

Cuando decidí remodelarlo porque las tuberías estaban viejas y la instalación eléctrica necesitaba reemplazarse, Teresa se mudó temporalmente a nuestro departamento.

Dos meses, supuestamente.

Se convirtió en cinco.

Mientras yo trabajaba durante el día y remodelaba por las noches, ella daba órdenes:

—Ese azulejo no.

—Pon el contacto eléctrico allá.

—Ese mueble se va a tirar.

Hasta la escuché diciéndole por teléfono a una amiga:

—Mi nuera salió buenísima para esto. Tenemos albañil gratis en la familia.

Aquella noche pregunté a Alejandro cuándo regresaría su mamá a Tlaquepaque.

Evitó mirarme.

—Cuando termines.

—¿En cuanto termine, se va?

—Palabra de hombre.

Una semana después anunció emocionado que celebrarían ahí los dieciocho años de Renata.

—Mi mamá tiene preparada una sorpresa enorme para la niña.

Y entonces entendí que, en aquella familia, alguien estaba haciendo planes con mi propiedad sin haberme preguntado absolutamente nada.

Lo que todavía ignoraba era que el “regalo” no era lo peor.

Habían empezado a planear también cómo deshacerse de mí.