ntht/ Mi esposo empezó a quitar dinero de nuestra casa porque, según él, su hijo “necesitaba terapia urgente”, mientras nuestra bebé esperaba cosas básicas que ya no podíamos comprar. Cuando le reclamé, me acusó de competir con un niño y decidí dejar de preguntar. Pero justo cuando estaba a punto de aceptar que yo era la egoísta, el pequeño mencionó inocentemente que su mamá pronto se mudaría con “el amigo que arregla la casa”… a un departamento que alguien ya estaba pagando.

PARTE 3

Durante unos segundos nadie dijo nada.

Desde la sala llegaba la música de la fiesta, el ruido de los niños corriendo y el sonido de los globos golpeándose contra la ventana por el aire acondicionado.

Mauricio dejó el desarmador sobre el alféizar.

Paola apretó un trapo entre las manos.

Daniel volvió a preguntar:

—¿Qué departamento?

—Daniel, podemos hablar después.

—No. Vamos a hablar ahora.

Mariana nunca lo había visto así. No estaba gritando. Precisamente por eso daba más miedo. Tenía la mandíbula tensa y miraba a Paola sin pestañear.

Mauricio intentó apartarse.

—Creo que esto es asunto de ustedes.

—Tú quédate —dijo Paola rápidamente.

Aquella frase terminó de aclarar algo que hasta ese momento nadie había querido decir en voz alta.

Mauricio no era “un amigo que ayudaba con reparaciones”.

Paola soltó el trapo.

—Mauricio y yo somos pareja.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Desde cuándo?

—Casi un año.

Mariana sintió un golpe en el estómago.

Un año.

Prácticamente el mismo tiempo durante el cual Paola había empezado a pedir cantidades cada vez mayores para el supuesto tratamiento emocional de Santiago.

Daniel parecía estar haciendo la misma cuenta mental.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

—Porque mi vida privada no es asunto tuyo.

—Tu vida privada no. El dinero que te deposito sí.

Paola levantó la barbilla.

—No mezcles las cosas.

—¿Que no las mezcle? Me dijiste que Santiago necesitaba psicólogo dos veces por semana. Me pediste dinero para clases particulares. Después para actividades. Después para adaptar su recámara porque “necesitaba estabilidad”. ¿Dónde está todo eso?

—Santiago sí necesita estabilidad.

—No te pregunté eso.

Daniel dio un paso hacia la mesa.

—¿Cuánto de ese dinero se usó realmente en él?

Paola guardó silencio.

Mariana la observó y recordó la conversación de meses atrás en aquella misma cocina. La voz temblorosa. Las supuestas pesadillas. La manera exacta en que Paola había bajado los ojos hasta hacerla sentir como la peor persona del mundo.

—Paola —insistió Daniel—. ¿Cuánto?

Mauricio miró hacia la puerta.

—Yo no sabía que el dinero venía de él.

Paola giró de inmediato.

—Mauricio, por favor.

Daniel lo miró.

—¿Dinero para qué?

El hombre tragó saliva.

—Para el enganche y algunas reparaciones.

Paola cerró los ojos.

La verdad acababa de salir por la boca de la única persona que no conocía todas las mentiras necesarias para ocultarla.

—¿Enganche? —repitió Daniel.

Paola se sentó.

—Compramos un departamento.

—¿Compraron?

—Está a nombre de Mauricio.

Daniel soltó una risa seca, incrédula.

—Entonces durante meses yo estuve ayudando a pagar un departamento que está a nombre de tu novio.

—No es así.

—Explícamelo.

—Santiago va a vivir ahí también.

—Eso no convierte mi dinero en dinero para tu novio.

Paola golpeó la mesa con la palma.

—¡Yo no te robé!

Desde la sala alguien bajó el volumen de la música.

Mariana miró hacia la puerta, preocupada por Santiago.

Daniel también lo notó y bajó la voz.

—Entonces dime la verdad.

Paola respiró profundamente.

—Parte del dinero fue para el departamento.

—¿Qué parte?

—No sé.

—Claro que sabes.

—Daniel…

—¿Cuánto?

Finalmente soltó la cifra.

No era una fortuna, pero sí era suficiente para explicar meses de recortes en la casa de Mariana.

Más de ciento veinte mil pesos en menos de un año.

Daniel retrocedió como si alguien lo hubiera empujado.

—¿Ciento veinte mil?

—No todo salió de ti.

—¿Cuánto salió de mí?

Paola no respondió.

Mauricio volvió a intervenir.

—Yo puse parte del enganche. Ella puso otra parte y estuvimos comprando materiales poco a poco.

—Con dinero que me pedía diciendo que mi hijo estaba en terapia.

—La terapia existió —protestó Paola.

—¿Cuántas sesiones?

Silencio.

—Paola.

—Cuatro.

Daniel abrió los ojos.

—¿Cuatro?

Durante meses había pagado como si Santiago acudiera dos veces por semana.

—Después la psicóloga dijo que no era necesario seguir tan seguido.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque necesitábamos el dinero.

Aquella frase cayó en la cocina como algo pesado.

Mariana no habló.

Ni siquiera sintió satisfacción.

Solo recordó el sillón que habían pospuesto, la silla de seguridad de Camila que tuvo que comprar con dinero de su pequeño taller de flores, las veces que redujo sus propios gastos porque Daniel decía que Santiago estaba sufriendo.

Y lo peor era que nunca había culpado al niño.

Había culpado a sí misma por sospechar.

—¿Por qué me dijiste que tenía pesadillas? —preguntó Mariana.

Paola levantó la mirada.

—Porque sí tuvo algunas.

—Me dijiste que gritaba por las noches.

—Estaba sensible.

—Me hiciste sentir culpable por preguntar.

Paola apretó los labios.