PARTE 1
—En esta familia, las mujeres entienden una cosa muy rápido: el hombre manda y ellas obedecen.
Mariana sintió que la copa de vino se le quedaba suspendida a medio camino de los labios.
Arturo Ramírez, el padre de Diego, acababa de decirlo sonriendo, como si hubiera contado el chiste más divertido de la noche.
Hasta ese momento, la cena había parecido normal.
Mariana tenía 25 años, acababa de terminar la licenciatura en Educación y trabajaba como maestra de primaria en Guadalajara. Venía de una familia sencilla: su madre era auxiliar contable y su padre manejaba un camión de reparto. No tenían lujos, pero en su casa jamás había visto a su padre humillar a su madre.
Diego era distinto a ella. Su padre dirigía una constructora y su madre, Elena, trabajaba como técnica radióloga en un hospital privado. Él tenía un departamento que sus padres le habían comprado y siempre hablaba de la vida cómoda que tendrían después de casarse.
Llevaban casi 1 año juntos y ya tenían fecha tentativa para una boda pequeña, de unas 50 personas.
Lo extraño era que Diego había tardado muchísimo en presentarla con sus padres.
Aquella tarde, Mariana había llegado con un pastel y flores para Elena, preparada para encontrarse con una suegra arrogante y llena de joyas.
Se equivocó.
Elena era una mujer delgada, discreta, de cabello claro y sonrisa cansada. Recibió las flores con tanta emoción que a Mariana le dio ternura.
—Hace muchísimo que nadie me regalaba flores —confesó.
Todo parecía ir bien.
Hasta que Arturo comenzó a beber.
—¡Elena! ¿Dónde está el limón? ¿Cuántas veces tengo que decirte las cosas?
—Ya voy, Arturo.
—Pues apúrate. Siempre estás en las nubes.
Mariana miró a Diego esperando que interviniera.
Él siguió comiendo.
Después Arturo soltó aquella frase sobre las mujeres.
—Nosotros proveemos —continuó—. Para eso uno trabaja. La esposa debe atender al marido.
Luego miró directamente a Mariana.
—Y tú, cuando te cases con Diego, supongo que dejarás esa escuelita.
Mariana frunció el ceño.
—No. A mí me gusta enseñar.
Arturo soltó una carcajada.
—Ya salió respondona.
Diego tampoco sonrió esta vez.
—Mi papá tiene razón en algo —dijo—. Tu sueldo es ridículo. Después de casarnos no necesitarás trabajar.
Mariana sintió un escalofrío.
Horas después, cuando Diego la dejó frente a su casa y ella le reclamó por permitir que su padre tratara así a Elena, él respondió con absoluta tranquilidad:
—Mi mamá ya sabe cómo son las cosas. Y tú también tendrás que aprender.
Entonces Mariana comprendió que quizá no estaba conociendo a su futuro suegro.
Estaba viendo, por primera vez, al hombre en el que Diego quería convertirse.
Y todavía faltaba descubrir algo mucho peor.
