PARTE 1
—Si tienes un poco de corazón, vas a abrirnos la puerta. Después de todo, yo te crié como si fueras mi propia hija.
Lucía apretó el teléfono con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Hacía casi 10 años que no escuchaba la voz de Teresa, la mujer a la que durante media vida había llamado “mamá”.
—No me criaste como a una hija —respondió con calma—. Y sabes perfectamente por qué.
Del otro lado hubo un silencio breve.
Después llegó el reproche.
—Tu hermano acaba de convertirse en padre. ¿Quieres que Nicolás, su esposa y un recién nacido terminen durmiendo en una terminal de autobuses?
Lucía cerró los ojos.
La historia comenzaba otra vez.
Su madre biológica había muerto al darla a luz. Cuando Lucía tenía 1 año, su padre, Roberto, se casó con Teresa. Durante algún tiempo, aquella mujer pareció quererla. Pero todo cambió cuando nació Nicolás.
El niño enfermaba constantemente y Teresa convirtió cada tos, cada fiebre y cada berrinche en una razón para colocarlo por encima de todos.
Lucía pasó a ser “la otra”.
Cuando Roberto murió de un infarto, ella tenía 16 años.
Ese mismo día perdió también a la única persona que todavía intentaba protegerla.
Teresa dejó de fingir.
—Ni siquiera eres mi hija —le dijo durante una discusión—. Deberías agradecer que todavía te permito vivir aquí.
Lucía se rebeló. Faltó a clases, comenzó a juntarse con jóvenes mayores y tomó malas decisiones buscando en cualquier parte el cariño que no encontraba en casa.
A los 17 quedó embarazada.
Asustada, volvió con Teresa esperando, aunque fuera por una vez, que alguien la abrazara.
Recibió una maleta.
—En esta casa vive una familia decente —sentenció Teresa—. Si ya eres suficientemente adulta para embarazarte, también eres adulta para mantenerte sola.
Nicolás, todavía adolescente, se burló desde el pasillo.
—Papá se moriría de vergüenza si pudiera verte.
Lucía salió aquella noche sin dinero, sin trabajo y sin tener dónde dormir.
Meses después perdió al bebé.
Tocó fondo.
Sin embargo, también sobrevivió.
Una asociación de apoyo para mujeres jóvenes la ayudó a estudiar repostería. Allí conoció a Mateo, otro estudiante que soñaba con tener su propia pastelería.
Trabajaron durante años hasta convertir un pequeño local de Zapopan en un negocio estable. Se casaron, compraron un departamento y, por primera vez, Lucía sintió que tenía un hogar.
Entonces Teresa volvió a aparecer.
Nicolás había acumulado deudas apostando. Hipotecó la casa familiar, perdió el dinero y finalmente el banco recuperó la propiedad. Ahora Teresa pedía quedarse “solo unos días” con Lucía.
Mateo la miró seriamente cuando ella terminó la llamada.
—No les debes nada.
Lucía tardó unos segundos en responder.
Después apareció una extraña sonrisa en su rostro.
—Lo sé. Pero quiero que vengan mañana.
Mateo creyó haber escuchado mal.
—¿Vas a dejarlos vivir aquí?
Lucía observó la sala que ambos habían construido después de años de sacrificios.
—Quiero que entren.
Hizo una pausa.
—Porque antes de irse, necesito que vean algo.
Y Mateo todavía no podía imaginar lo que Lucía estaba dispuesta a hacer cuando Teresa cruzara aquella puerta.
PARTE 2
A las 6:48 de la mañana siguiente, el timbre despertó a Lucía.
Ella había pedido que llegaran después de las 9:00.
Teresa seguía siendo exactamente como la recordaba.
Entró sin esperar invitación, jalando una enorme maleta. Detrás apareció Nicolás con una mochila y dos bolsas de plástico. Había envejecido mucho más de lo que correspondía a sus 29 años.
—¿Dónde están tu esposa y el bebé? —preguntó Lucía.
Nicolás dejó la mochila sobre un sillón.
—Con una amiga. Vendrán cuando estemos acomodados.
Lucía levantó una ceja.
¿Acomodados?
Teresa ya recorría la sala como si estuviera inspeccionando una propiedad que pensaba comprar.
—Está bonito —comentó mientras tocaba una mesa de madera—. Aunque solo veo 2 habitaciones.
—Solo tenemos 2.
—Entonces Nicolás, Fernanda y el niño pueden ocupar una. Tú y Mateo la otra. Yo puedo dormir aquí unas semanas.
Lucía permaneció inmóvil.
—Dijiste que serían unos días.
Teresa soltó una risa incómoda.
—Ay, hija, no seas tan literal. Conseguir una casa lleva tiempo.
Nicolás encendió el televisor.
—Está enorme. ¿Cuánto les costó?
Mateo apareció entonces en el pasillo, vestido para ir a trabajar.
—Buenos días.
Nicolás apenas le respondió.
Teresa siguió hablando.
—Además, Lucía podría contratar a Nicolás en la pastelería. Tú tienes 2 sucursales, ¿no? Algo de administración le vendría bien.
—No sé administrar —admitió Nicolás.
—Aprendes.
—¿Y las apuestas? —preguntó Lucía.
La habitación quedó en silencio.
Nicolás se levantó.
—Ya superé eso.
Lucía sacó su teléfono.
—Ayer me llamó una financiera buscando información sobre ti. Les diste mi dirección.
Teresa palideció.
—Solo necesitábamos una referencia.
—También pusieron el teléfono de mi negocio.
—No exageres —replicó Nicolás—. Somos familia.
Aquellas 2 palabras hicieron algo dentro de Lucía.
Familia.
La misma palabra que Teresa había utilizado para expulsarla.
Lucía caminó lentamente hasta una repisa y tomó una fotografía: ella y Mateo frente a la primera pastelería que habían abierto, sonrientes, cubiertos de harina.
—Todo esto empezó después de que ustedes me echaron.
Teresa endureció el rostro.
—Éramos otras personas.
—No. Yo era una niña.
Lucía miró a Nicolás.
—Y estaba embarazada.
Entonces señaló las maletas.
—Ya vieron suficiente.
Teresa frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Lucía abrió la puerta principal.
—Que pueden recoger sus cosas.
Nicolás se quedó helado.
Teresa tardó unos segundos en comprender.
—No puedes hablarnos en serio.
Lucía sostuvo la puerta.
—Hace años me dijiste que en una familia decente no había lugar para una muchacha como yo. Hoy esta es mi casa. Y aquí tampoco hay lugar para personas que vienen mintiendo, dando mi dirección a sus acreedores y planeando instalarse sin siquiera preguntarme.
Teresa comenzó a gritar.
—¡Hay un bebé involucrado!
Lucía la miró directamente.
—También había un bebé cuando me echaste.
El rostro de Teresa cambió.
Y entonces Nicolás, furioso, cometió el error que estaba a punto de revelar la verdadera razón por la que habían buscado a Lucía.
—¡Tú tienes dinero de sobra! ¡Esa casa debería ayudarnos a pagar lo que falta!
Mateo levantó la mirada.
Lucía cerró lentamente la puerta que había mantenido abierta.
—¿Qué dinero falta, Nicolás?
Él comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
Y lo que confesó durante los siguientes minutos cambiaría para siempre la historia que Lucía creía conocer.
PARTE 3
—¿Qué dinero falta, Nicolás? —repitió Lucía.
Nadie contestó.
Mateo dejó las llaves del automóvil sobre la mesa y se acercó despacio.
Teresa miró a su hijo con desesperación.
—Cállate.
Aquella sola palabra confirmó que había algo más.
Lucía cerró la puerta del departamento.
Ya no para impedir que se fueran, sino porque quería escuchar hasta el final.
—Hablen.
Nicolás comenzó a caminar por la sala.
—No es para tanto.
—Entonces no tendrás problema en explicarlo.
—Debemos dinero.
—Eso ya lo sé.
—Más del que mamá te dijo.
Teresa reaccionó.
—¡Nicolás!
—¿Cuánto? —preguntó Mateo.
El hombre se pasó las manos por el cabello.
—Como 1,400,000 pesos.
Lucía sintió que se le enfriaban las manos.
La cifra era muchísimo mayor de la que Teresa había mencionado por teléfono.
—¿Por apuestas?
Nicolás no respondió.
—¿Todo por apuestas?
—Al principio.
Lucía comprendió.
Había más.
Nicolás había comenzado apostando pequeñas cantidades en partidos de futbol. Durante algunos meses incluso ganó. Aquello lo convenció de que tenía una habilidad especial, una especie de sistema.
Después llegaron las pérdidas.
Pidió préstamos.
Cuando los créditos bancarios dejaron de ser suficientes, acudió a financieras con intereses altísimos.
Luego convenció a Teresa de hipotecar la casa.
—Me dijo que podía recuperar todo en 2 semanas —intervino ella, casi justificándose—. ¿Qué querías que hiciera? Es mi hijo.
Lucía soltó una risa amarga.
—Yo también era hija de alguien.
Teresa bajó los ojos.
Nicolás continuó.
Perdieron la casa.
Pero él no dejó de apostar.
Intentó “recuperar” lo perdido con más dinero prestado.
Finalmente empezó a dar datos de familiares como referencias para conseguir nuevos créditos.
Entre esos datos estaban los de Lucía.
Su dirección.
Su negocio.
Incluso había dicho que trabajaba en la empresa familiar de su hermana.
Mateo apretó la mandíbula.
—Eso puede perjudicar la reputación del negocio.
—No pasó nada —respondió Nicolás.
—Todavía.
Lucía lo observó.
—Entonces ustedes no vinieron aquí porque necesitaban dormir unos días.
