ntht/ Mi esposo empezó a quitar dinero de nuestra casa porque, según él, su hijo “necesitaba terapia urgente”, mientras nuestra bebé esperaba cosas básicas que ya no podíamos comprar. Cuando le reclamé, me acusó de competir con un niño y decidí dejar de preguntar. Pero justo cuando estaba a punto de aceptar que yo era la egoísta, el pequeño mencionó inocentemente que su mamá pronto se mudaría con “el amigo que arregla la casa”… a un departamento que alguien ya estaba pagando.

PARTE 1

—Dime una sola cosa, Daniel: ¿por qué tu hijo siempre importa más que nuestra hija?

Mariana estaba parada en la puerta de la recámara con su bebé de tres meses en brazos cuando vio a su esposo cerrar una mochila y buscar las llaves del coche. Eran casi las ocho de la noche y al día siguiente, a las nueve, tenían cita con la pediatra. Daniel había prometido acompañarlas.

Pero acababa de recibir un mensaje de Paola, su exesposa.

—Santiago tiene fiebre —respondió sin mirarla—. Dice que me está llamando. Tengo que ir.

—Su mamá está con él.

—También es mi hijo.

—Y Camila también es tu hija.

Daniel se quedó inmóvil unos segundos. Mariana esperó una respuesta, cualquier explicación que demostrara que entendía lo que acababa de decirle.

No llegó.

Él se colgó la mochila al hombro y salió del departamento sin voltear.

Daniel tenía treinta y ocho años. Dos años antes se había casado con Mariana, después de divorciarse de Paola, con quien tenía a Santiago, un niño de nueve años. Mariana sabía desde el principio que casarse con un hombre que ya era padre significaba aceptar responsabilidades que habían comenzado antes de conocerla. Nunca se opuso a la pensión, a los fines de semana con Santiago ni a los gastos escolares.

El problema comenzó después del nacimiento de Camila.

Daniel depositaba cada mes la pensión acordada, pero además aparecían gastos extraordinarios: psicólogo, clases particulares, uniformes, medicamentos, actividades escolares.

—Santiago está pasando por una etapa difícil —repetía Daniel.

Mariana no cuestionaba al niño. Lo que no entendía era por qué esos gastos siempre salían del dinero destinado a su propia casa.

En tres meses, el presupuesto para despensa, pañales y necesidades de Camila había disminuido casi treinta por ciento.

Una noche puso una libreta frente a Daniel.

—Aquí están los gastos. Quiero saber cuánto dinero extra le estás dando a Paola.

Daniel apenas miró las cifras.

—Lo que haga falta.

—No pregunté eso. Pregunté cuánto.

—¿Ahora tengo que rendirte cuentas por cada peso que gasto en mi hijo?

—No. Pero sí deberías hablar conmigo antes de sacar dinero de una cuenta que también sostiene a tu hija.

Daniel cerró de golpe la puerta del refrigerador.

—Santiago necesita un psicólogo y apoyo escolar. Pensé que no tendría que pedir permiso para ser padre.

Y salió de la cocina.

Mariana se quedó mirando la libreta.

Ese sábado habían planeado ir solos a Chapala por primera vez desde el nacimiento de Camila. Su madre cuidaría a la bebé. Mariana había preparado sándwiches, café y una manta.

A las ocho de la mañana sonó el teléfono.

Paola necesitaba que Daniel llevara a Santiago a una olimpiada de matemáticas.

—Regreso al mediodía —prometió.

Volvió después de las nueve de la noche.

Cuando cerró la puerta al salir, una fotografía de su boda cayó de la pared y el vidrio se partió en diagonal.

Mariana todavía no sabía que aquella grieta era lo menos preocupante que estaba rompiéndose dentro de su matrimonio.

Y lo que descubriría sobre el supuesto “difícil momento” de Santiago era imposible de creer.