Lo miré sin poder creerlo.
—¿Quieres que me endeude por los intereses de cincuenta mil pesos después de recibir casi dos millones de tu madre?
—También es tu responsabilidad.
El tío Nacho golpeó la pared con la palma.
—¡Es tu madre, sinvergüenza!
Por primera vez nadie me pidió que sacrificara algo. Toda la familia miraba a Diego como antes me había mirado a mí.
El doctor Mauricio salió de terapia intensiva y explicó que Teresa había recuperado suficiente lucidez para tomar decisiones. La cirugía seguía siendo posible, pero el riesgo aumentaba cada hora. Diego levantó la tarjeta.
—Ya vamos a pagar una parte.
—El depósito no se completa con promesas —respondió el doctor—. Y la paciente ha solicitado hablar con un notario y con trabajo social.
Teresa pidió que entráramos Gabriel, Mauricio, Lupita y yo. Un notario acudió al hospital esa misma noche. No podía deshacer con una firma todos los movimientos ya realizados, pero sí podía dejar constancia de su voluntad y revocar poderes que Diego todavía conservaba.
Con voz apenas audible, Teresa declaró que había transferido bienes por miedo a ser abandonada. Reconoció que el dinero de la sucesión incluía derechos de Raúl y que ocultó la información a propósito. También pidió que se investigaran las cuentas y que ninguna deuda de Diego se pagara con la parte correspondiente a su hijo fallecido.
Luego me buscó con la mirada.
—Mariana… perdóname.
Fueron dos palabras débiles, pero derrumbaron cinco años de silencio.
Yo podría haberle recordado cada humillación: cuando me pidió dejar la casa “para no estorbar”; cuando aceptó mi dinero mientras regalaba el suyo; cuando me llamó interesada por preguntar una sola vez por la sucesión. Sin embargo, frente a aquella mujer conectada a máquinas, ya no sentí deseos de castigarla.
—No voy a abandonar la demanda —le dije—. Pero tampoco voy a odiarla el resto de mi vida.
Teresa cerró los ojos y una lágrima se perdió bajo la mascarilla.
El notario terminó el acta. Después el doctor volvió a explicar la operación. Teresa escuchó y negó con la cabeza. No quería que yo firmara deuda alguna ni que se levantara la inmovilización para que Diego hipotecara el departamento. Los médicos confirmaron que comprendía el riesgo de rechazar la cirugía. Firmó con una línea temblorosa.
