Diego explotó.
—¡La están manipulando! ¡Todo esto es culpa de Mariana!
Teresa reunió fuerzas, se quitó unos segundos la mascarilla y pronunció la frase que nadie esperaba:
—No. Es culpa mía… por enseñarte que siempre podías tomarlo todo.
Diego quedó inmóvil.
Teresa murió al amanecer. No fue una escena ruidosa. El monitor cambió de ritmo, el personal entró y, unos minutos después, Mauricio salió para informarnos. Lupita se persignó. Nacho lloró en silencio. Diego se dejó caer en una silla, pero incluso entonces preguntó si el acta firmada podía anularse por la medicación.
En el funeral, algunos familiares intentaron hablar de unidad. Yo no discutí. Coloqué una flor blanca junto al retrato de Teresa y me despedí de la parte de ella que, demasiado tarde, había entendido el daño causado.
Tres días después, Diego llegó a mi cuarto rentado. Ya no llevaba camisa de marca. Tenía ojeras y sostenía una carpeta.
—Retira la demanda. Karla se fue con sus padres. El banco quiere cobrarme. Podemos vender el departamento y darte doscientos mil.
—No estás ofreciéndome justicia. Estás tratando de comprar silencio barato.
—Somos familia.
—La palabra familia no apareció cuando tu madre necesitó quinientos mil pesos. Tampoco cuando gastaste lo que correspondía a Raúl.
Cerré la puerta.
El juicio duró once meses. Gabriel demostró que Teresa había administrado bienes que pertenecían a una sucesión todavía no concluida y que Diego recibió recursos cuya titularidad no era exclusivamente de ella. El tribunal anuló parcialmente las cesiones, ordenó restituir la porción correspondiente a Raúl y mantuvo el embargo del departamento hasta cubrirla. La grabación y el acta hospitalaria fueron decisivas para probar que existieron presión y ocultamiento.
La camioneta se vendió. El departamento también tuvo que rematarse después de que aparecieron deudas que Diego había escondido. De los casi dos millones, una parte ya se había perdido en viajes, negocios fallidos y compras. Aun así, recuperé lo suficiente para comprar una casa pequeña en Tonalá y abrir una oficina inmobiliaria propia.
Diego no terminó en prisión por cada cosa que hizo, como algunos parientes esperaban. Su castigo fue menos espectacular y quizá más profundo: perdió el departamento, el coche, el matrimonio y la admiración de la familia. Tuvo que trabajar para pagar deudas que durante años creyó que otros resolverían por él.
Lupita fue la primera en pedirme perdón.
—Te juzgamos porque eras la más fácil de atacar.
—Lo sé —respondí—. Por eso ya no volveré a ser la más fácil.
