ntht/ Mi cuñado me ordenó: “Pide prestado, tú eres quien debe resolverlo”, mientras su madre luchaba por sobrevivir y él conducía una camioneta nueva.

Llegamos a la casa al anochecer. El lugar olía a humedad y alcanfor. En el clóset pintado de azul encontramos una caja escondida detrás de cobijas. Dentro había estados de cuenta, recibos notariales, una libreta con anotaciones de Teresa y un sobre dirigido a Raúl.

La carta nunca había sido entregada.

“Tu padre quiso que el dinero del terreno se dividiera entre ustedes. Diego dice que tú no lo necesitas porque Mariana trabaja. Me pide que firme todo a su nombre. Tengo miedo de que se enoje y me deje sola. Perdóname por no ser justa”.

Había también una grabación guardada en una memoria USB. En ella, Diego presionaba a Teresa para que firmara la cesión del departamento. Le decía que Raúl ya estaba muerto, que una nuera no era familia y que, si ella no cooperaba, dejaría de visitarla. Teresa preguntaba qué pasaría si Mariana reclamaba. Diego respondía riéndose:

—Mariana no tiene dinero ni para un abogado.

Lupita comenzó a llorar. Nacho apagó la grabación con el rostro rojo de vergüenza.

—Nosotros la atacamos a ella mientras ese desgraciado vaciaba la casa —murmuró.

Gabriel hizo copias y entregó la memoria a un perito. La evidencia no convertía automáticamente todo en delito, pero demostraba presión, ocultamiento y mala administración de bienes sucesorios. También confirmaba que parte del dinero no pertenecía exclusivamente a Teresa.

Cuando regresamos al hospital, Diego nos esperaba en el pasillo con su esposa, Karla. Ella llevaba un bolso que costaba más que todo lo que yo había ganado en varios meses.

—Devuelve esa caja —exigió Diego—. Son documentos privados de mi madre.

—Tu madre indicó dónde estaba y pidió que se revisara —dijo Lupita—. Yo fui testigo.

Karla cambió de tono.

—Mariana, no destruyas a la familia por dinero. Podemos arreglarnos.

Gabriel le mostró la constancia de la demanda.

—El arreglo debió ocurrir antes de intentar hipotecar un bien en disputa.

El teléfono de Diego sonó. Contestó, escuchó unos segundos y perdió el color. El banco acababa de notificarle que sus cuentas habían sido inmovilizadas provisionalmente. La administración del edificio también había recibido la orden de no permitir ningún trámite sobre el departamento.

Entonces ocurrió algo que terminó de desnudarlo.

Diego sacó una tarjeta de crédito negra y dijo que podía retirar cincuenta mil pesos para mantener a Teresa unos días. Después puso frente a mí una hoja escrita a mano.

—Yo pongo el capital. Tú firmas que pagarás los intereses. Así todos ayudamos.