PARTE 1
—No la operen. En mi cuenta quedan cincuenta y dos pesos.
El doctor Mauricio Salgado me miró como si yo acabara de confesar un crimen. Detrás de él, las puertas del área de choque del Hospital San Gabriel se abrían y cerraban entre camillas, enfermeras y familiares desesperados.
Mi suegra, Teresa, había llegado inconsciente después de desplomarse en el Mercado de Abastos de Guadalajara. El diagnóstico era una ruptura de aneurisma aórtico. La cirugía debía hacerse de inmediato, pero el hospital privado exigía un depósito de quinientos mil pesos. Yo ya había pagado veintiocho mil por estudios, medicamentos y estabilización.
Abrí la aplicación bancaria delante del médico. Saldo disponible: $52.17.
Desde que mi esposo Raúl murió en un accidente de construcción cinco años atrás, yo trabajaba como asesora inmobiliaria. Comía tacos de canasta en el coche, caminaba fraccionamientos bajo el sol y destinaba casi todo a Teresa. Ella repetía que la pensión no le alcanzaba y que Diego, su hijo menor, estaba lleno de deudas.
