ntht/ Mi cuñado me ordenó: “Pide prestado, tú eres quien debe resolverlo”, mientras su madre luchaba por sobrevivir y él conducía una camioneta nueva.

PARTE 2

A las ocho de la mañana llevé la caja al despacho de Gabriel Mendoza, amigo de Raúl y abogado sucesorio. Durante dos horas revisó folios, certificados y movimientos registrados ante notario. Cuando levantó la vista, tenía el rostro endurecido.

—Mariana, la indemnización por el terreno y los ahorros de don Ernesto sumaron casi dos millones de pesos. Teresa administraba la sucesión, pero transfirió el dinero a Diego en varias operaciones. Además, el departamento de reubicación quedó únicamente a nombre de él.

Sentí que el piso se movía. Durante años yo había pagado medicinas y despensa mientras Diego recibía millones. Gabriel añadió algo peor: dos semanas antes, Diego había iniciado un trámite para hipotecar el departamento.

En ese momento él me llamó.

—Pide prestado, cuñada. Cuando venda la cafetería te pago.

—Vende tu camioneta.

Se quedó callado y luego me insultó.

Volví al hospital con copias certificadas. Diego ya estaba junto a la cama de Teresa, llorando ante la familia y jurando que un amigo le transferiría quinientos mil pesos “en cuanto se arreglara el sistema bancario”.

Puse mi teléfono en altavoz y llamé al funcionario que llevaba el expediente de reubicación. Confirmó que Diego era propietario del departamento y que un banco había solicitado verificarlo para una hipoteca.

Después leí los movimientos: trescientos mil, cuatrocientos cincuenta mil, doscientos mil… hasta completar casi dos millones. Diego palideció.

—¡Era dinero de mi mamá! —gritó—. Tú eres una extraña.

Arrojé al suelo mis recibos mensuales de cinco y siete mil pesos enviados a Teresa.

—La extraña compró sus medicinas. El hijo favorito compró viajes, bolsas y una camioneta.

Teresa escuchó todo. Su presión se disparó y los médicos nos sacaron. Minutos después, el doctor Mauricio apareció con un formato de garantía.

—Necesito la firma de un familiar responsable.

Diego miró hacia otro lado. Los tíos retrocedieron y nadie quiso comprometer ni un peso. Yo devolví la hoja.